Enamorarse o morir (por Vega)

address-book-2246432_1920Me enamoro con mucha frecuencia. No con tanta frecuencia como me gustaría, pero te apuesto una cena a que estoy por encima de la media. Y me encanta. Esa sensación de no poder pensar en otra cosa, de sentir a ratos palpitar el corazón en la garganta, notar que el hambre se esfuma y el estómago se encoje. El nervio, ese nervio pueril que acorta las horas de sueño pero las hace más intensas. Sí, mi mejor momento del año es cuando estoy enamorada. Me río más, disfruto más, me siento más lista, más rápida, más creativa, más entusiasta. Es pura gasolina.

Igual te sorprende, pero no es necesario que el objeto de mi desvelo sea una persona. Triste destino el mío si ese tsunami emocional que tanto me gusta sólo pudiera desencadenarlo otro individuo. Tengo la suerte además, de tener bien colmado ese vaso. No, no hay más personas, pero me sigo enamorando. Esto implica que mis ganas de llenar de corazones las hojas del cuaderno nunca son correspondidas en sentido literal, pero ¿Cuándo enamorarse ha sido literal? Atesoro grandes historias de enamoramiento como quien guarda con cariño el recuerdo de algún ex. Sólo que yo, que con suerte me prendo de algo hasta perder la cabeza dos o tres veces al año, tengo los estantes a rebosar de un amor que no deja heridos ni guerras, y que me compensa con creces solo por existir.

Hubo un tiempo en que estuve enamorada de un grupo de música, por ejemplo. Y si cierro fuerte los ojos, vuelvo a sentir toda aquella emoción condensada en un par de imágenes, temblor en las piernas y una melodía. Últimamente, he estado enamorada de un tema sobre el que de cuando en cuando, escribo por trabajo. Lo sé, lo sé. Tú definirías lo que siento en otros términos, pero el hecho es que esto me pone en marcha sin café y tarareando antes de sonar la campana. No, no es el enamoramiento del que hablan los libros. Pero es igual de físico, irracional e inexplicable que el de la más brutal de las novelas. Es, por desgracia, igualmente involuntario, desconcertante e incontrolable. Como viene, se va. Y me deja el mismo vacío con el que volvías a tu rutina después de un verano intenso a los 15 años.

Noto que se está marchando cuando empiezo a abandonar las pequeñas costumbres que sin querer me había impuesto, cuando detalles que me cortaban el aliento empiezan a pasar desapercibidos; cuando empiezo a querer escribir/leer/escuchar/emprender cualquier otra cosa. Y me aferro y no quiero que se vaya y me obligo a persistir pero al final, se disipa dejándome devastada. Es ahí cuando llega para mí la hora de volver a abrir las ventanas y respirar. Echar un ojo también, para qué negarlo: Si no estoy enamorada de algo, es porque estoy buscando algo de lo que enamorarme.

El otro día, caminando por Madrid me encontré este verso de Selam Wearing pendiendo de una farola que me ha llevado a contarte todo esto: “Echo tanto de menos lo que pudo haber sido que casi parece que fue”. Pues lo mío, sin ser, siempre fue, todas y cada una de las veces.

Deseo que en 2019 vuelva a serlo y que tú también lo vivas. El amor, el que cuenta de verdad, el de los míos, vino para quedarse y me mantiene erguida y sonriendo bajo el sol y el vendaval, pero ¡Ay! ¡Qué sería de mi sin subir de vez en cuando los pies a la cabeza!

Vega se define a sí misma así: “Soy periodista y escribo sobre derechos humanos y asuntos sociales para la Agencia Europa Press. Soy madre de dos niñas y orgullosa im-perfecta desde mayo de 1981, aunque lo descubrí mucho más tarde, claro”.


3 respuestas a “Enamorarse o morir (por Vega)

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