Nadie es la mejor madre del mundo (por Cristina Buhigas)

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“Eres la mejor madre del mundo”, dice entre lloros la chica a la que han puesto mucho peor de como venía en Cámbiame, abrazada a su madre. La frase se repite en miles de bocas y en miles de tarjetas de felicitación ante miles de madres todos los días cuando es su cumpleaños, el día de la madre o hay que reconciliarse por algo. Hay que decirlo de una vez: esta frase es siempre mentira, no sólo porque no existe un ranking de madres, ni porque, de haberlo, no podríamos encabezarlo todas; sino porque ninguna madre en toda la historia de la humanidad se ha propuesto ser la mejor de todas las madres. Simplemente, cada una ha hecho lo que ha podido.

Vivimos en un mundo que sólo concibe la perfección y eso ha llegado a todas las profesiones, a todas las actividades, a todos los trabajos. Después ha invadido la vida privada, todo el mundo va al gimnasio para ser perfectamente deportista y sano, todo el mundo mira las etiquetas de los alimentos y se suma a obsesiones, que duran pocos meses, de suprimir alguno o sólo comer otro.

Pero el ansia de perfección no se ha quedado ahí, en el ámbito externo, en el físico, también ha pasado al de las relaciones personales, al de los sentimientos. Todos queremos ser perfectos en nuestras relaciones con nuestra familia, con los amigos, con la pareja. Las conversaciones deben ser profundas, divertidas, ingeniosas. El sexo siempre gratificante y con disposición a cualquier hora. Hay que estar listo para salir con los amigos siempre que lo propongan, hay que ver la última película, leer el libro de moda y ver todas las series.

Para las mujeres esa necesidad imperiosa de perfección ha alcanzado cotas inauditas. Siempre guapa, siempre elegante, triunfadora en el trabajo, educadora inteligente, buena amante, amiga espectacular, cocinera y decoradora experta…

¡Deteneos, amigas! especialmente las que estáis en esa edad en la que criáis niños, tenéis pareja e intentáis conservar vuestros trabajos. La vida no es un Camino de perfección, esa era una obra de Santa Teresa y nosotras no somos ni perfectas ni místicas. La vida es un sitio mutable, de corta duración si no se mastica a cada instante. Intentar ser perfecta es la fórmula ideal para que la vida se nos pase volando y sea muy dura. El intento de perfección es especialmente complicado cuando se intenta llegar a objetivos puestos por esa sociedad que marca patrones irrealizables.

La mayoría de las mujeres de la generación anterior a la vuestra, trabajamos, tuvimos pareja e hijos, igual que vosotras, pero dejamos la vida en manos de la improvisación, sin marcarnos más objetivo que disfrutar de la libertad que nuestras madres no habían podido tener. Claro que luchamos en el ámbito profesional, incluso allí tuvimos, unas más que otras, ambiciones; pero la mayoría no queríamos que nuestros hijos fueran perfectos, que supieran chino, alemán o sabe dios qué. Nos limitábamos a desear que fueran felices.

Los educamos como pudimos, dándoles cariño y equivocándonos muchas veces, sin buscar la perfección. Por eso, no sé si a otras, pero a mí sí, nos molestaría que nos dijeran “eres la mejor madre del mundo”, porque parece que el hijo que dice eso da su cariño sólo porque su madre es el top del ranking, porque es excepcional y no se lo darían a una mujer normal y corriente.

Las madres no quieren a sus hijas e hijos porque sean los más guapos, los más listos, los que le hacen el mejor regalo el día de su cumpleaños o porque les hayan nombrado para un cargo importante. Las madres queremos a nuestros hijos porque lo son, porque han nacido de nosotras.

Por eso no nos gusta que nuestros hijos nos quieran porque somos las que mejor les ayudábamos a hacer los deberes, las autoras de la mejor paella, las que mejor les limpiábamos los mocos o quienes mejor escuchamos sus problemas cuando son adultos y las que les proporcionamos los consejos más acertados. Queremos que nos quieran como nosotras les queremos a ellos, con todos los defectos y las virtudes, con las torpezas o el mal carácter. Queremos que nos quieran, simplemente, porque somos su madre.

Cristina Buhigas: Tras fundar y asistir al cierre de numerosos medios de comunicación, del antiquísimo Pueblo al moderno Público; de trabajar en ellos miles de horas, como en los diarios económicos La Gaceta de los Negocios o La Economía 16 y en la agencia de noticias Europa Press, Cristina ha conseguido liberarse de libros de estilo y, lo que es más importante, de líneas editoriales, gracias a la jubilación.


7 respuestas a “Nadie es la mejor madre del mundo (por Cristina Buhigas)

  1. Querida Cristina, cuanto más te leo, más te admiro… Te adelantas a mis pensamientos, como si fueras una visión de mí misma en el futuro.
    Me ha encantado tu alegato contra la perfección como fuente de infelicidad. Ni puedo estar más de acuerdo en todo.

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  2. Estoy de acuerdo contigo Cristina, nadie es la madre perfecta, ni la esposa perfecta, ni la hija perfecta. Pero es todo un detalle que los hijos, a su manera, te lo digan, no quiere decir que seas perfecta en el sentido literal de la palabra, pero saber que para ellos eres lo más es muy gratificante.
    Beso!

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