Otra Nochebuena más (por Isa)

Abuelo en

Fuera nevaba, lentamente, sin la intensidad suficiente como para garantizar que cuajase. Se subió las gafas que le habían resbalado por la nariz, cada vez más afilada y por los pómulos, cada vez más escuetos, y se separó de la ventana rascándose la calva pensativo. No recordaba la última vez que había visto nevar en Navidad. Al menos 10 años. No, más. Aún estaba ella.

Tuvo que sentarse en la butaca cercana porque, como siempre que ella le cruzaba el pensamiento, una opresión en el pecho le impedía respirar con normalidad y le daba miedo perder el equilibrio y caerse, cómo aquella vez. Menos mal que ese día estaba allí el chiquillo. Para qué demonios había dejado de fumar, gruñó para sus adentros, si seguía ahogándose igual.

Sacó del batín su reloj de bolsillo, una reliquia de antes de la guerra. Las seis y noche cerrada. Ya se acabó el día. Qué poco le gustaba el invierno. El frío. La falta de luz. ¿A qué hora se habían ido? Había pasado ya mucho rato y empezó a preocuparse. Volvió a mirar por la ventana, ahora caían copos bien gordos. Dónde estarían con la que estaba cayendo.

Se acercó al teléfono con la idea de llamar a su hija para preguntarle si por casualidad se habían ido para allá. Pero en seguida desestimó la idea. Vivía a más de tres estaciones de metro y no soportaba los perros. Además no quería preocuparla sin necesidad. Estaría atareada preparando la cena. Sabía que había mandado al chaval con la excusa de sacar al perro para evitar que se rajase en el último momento, como el año anterior.

Saldría él a buscarles. Solo tenía que abrigarse bien… pero ¿y si llaman a casa? Se maldijo una vez más por negarse a tener móvil. “Qué cabezón has sido siempre, Tomás”, la escuchó decirle. Una hora después, estaba en la calle, con bufanda, guantes y gorro, pero con las zapatillas de estar en casa.

Pues sí que hacía rasca, sí. Caminó con la escasa velocidad que le permitían sus piernas hasta el parque más cercano y le pareció ver a su nieto con el pastor alemán en la lejanía. Pero cuando por fin logró acercarse comprobó que se trataba de una señora con un bulldog que respiraba aún peor que él. En la plaza tampoco había un alma, ni en el bulevar. Anduvo hasta el parque de arriba. Tardó una vida en llegar, porque las zapatillas se le habían calado y tenía los pies congelados. Se sentó en un banco a la entrada. Estaba agotado.

¡Abuelo!

El grito del muchacho y un cálido lametón en la cara le despertaron. Sonrió. De esta tampoco se había podido librar. Aún le esperaba otra Nochebuena más.


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