Payaso triste (por Isa)

payaso triste

Están de moda los payasos, especialmente los que dan miedo; así que esta semana que es la de Halloween nos vamos a jartar de clowns terroríficos. A mí la verdad es que los payasos siempre me han dado mal rollito. Desde el payaso de It hasta Ronald McDonald, no puedo con ellos. Por eso, el otro día cuando fui a ver Joker, me sorprendí a mí misma empatizando con Arthur el personaje que encarna magistralmente Joaquin Phoenix. Ese payaso chungo, payaso loco, payaso triste me recordó una anécdota que no os había contado.

Cuando me dijeron que tenía cáncer, una de las cosas que más me agobiaba era cómo iban a afrontarlo mis hijos, cómo gestionarlo para que no se traumatizaran. La verdad es que me centré más en el mayor, que entonces tenía siete años. Hablé con él en cuanto tuve la certeza de que me iban a dar quimio, porque sabía que no iba a poder ocultar sus estragos. No quería que se enterase por alguien que no fuera yo. Unos meses antes una de sus compañeras del cole había perdido a su madre por culpa de un cáncer y temía que asimilase los dos casos y que no me creyera cuando le decía que me iba a curar. Bromear con la peluca fue una gran válvula de escape.

Gael es muy maduro y siempre hablamos del cáncer con naturalidad, sin tabúes. Sé que le impactó ver mi deterioro físico, la pérdida de pelo, la debilidad… se le notaba en la cara, aunque no me dijera nada. Cuando me ingresaron con una neutropenia estuve en aislamiento inverso en el hospital, así que los niños no podían entrar, pero cada mañana su padre me llevaba el zumo de naranja que mi hijo me había exprimido para que recuperase las defensas cuanto antes. Recuerdo muy intensamente sus abrazos estrujadores, que me pillaban siempre desprevenida y me sorprendían de tan poco habituales en él.

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Con Lola fue distinto. Tenía dos añitos cuando me diagnosticaron y la verdad es que siempre pensé que era tan pequeñaja que no se daba mucha cuenta. Desde el inicio, me sobrecogió su mirada inalterable cuando me paseaba sin peluca por la casa. Parecía no ver la diferencia. Como si me mirase por dentro, como si sólo viera a su madre independientemente del desastroso aspecto físico que llegué a tener, con el que no me reconocía ni yo. Es una niña tan dulce y tan amorosa que su afecto, su calor y sus muestras de cariño fueron un sostén fundamental durante todo el proceso. En la guardería fueron conscientes de mi enfermedad desde el principio y cuando empezó el “cole de mayores” al curso siguiente también hablé con su profesora.

En la primera tutoría que tuve con ella, me contó que era una niña muy alegre y sociable, que parecía estar llevando muy bien lo de mi cáncer, tal y como yo esperaba. “Sí, es que yo creo que no se entera mucho”, le dije a la maestra. Ella me miró severa y me dijo: “Bueno, no creas. Se enteran de todo. ¿Viste el payaso de cartulina que llevaron a casa la semana pasada? ¿No te diste cuenta de que tenía la boca al revés?”. Claro que me había dado cuenta, pero no le había dado importancia. La verdad es que pensé que estarían tratando el tema de las emociones y que a ella le habría tocado la tristeza. “Tu hija fue la única de la clase en poner la sonrisa invertida, de forma espontánea” me explicó su profesora. Aquella anécdota me destrozó. Cómo había estado tan ciega para no ver lo que podía haber sufrido mi chiquitina, cómo había sido tan torpe. Desde entonces, la observo mucho más y tengo guardada esa manualidad de cartulina en un sitio especial, para que no se me olvide la importancia de un payaso triste.


6 respuestas a “Payaso triste (por Isa)

  1. Tendemos a pensar que los peques, por el hecho de serlo, no se enteran de la misa la media, pero generalmente son mucho más perceptivos e intuitivos que los adultos. A mí no dejan de sorprenderme sus observaciones cuando paso algo de tiempo con ellos. Y tu anécdota es más que reveladora en este sentido.

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