Neuropatía periférica inducida por quimioterapia (por Isa)

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Abro la puerta y ahí está, un par de centímetros más alto que la semana pasada -o eso me parece-, delgado y moreno, con sus dientes nuevos refulgentes bajo la luz amarilla del descansillo. “¡Hola hijo, qué guapo estás!”, le digo con un abrazo estrujador y pequeños besos ruidosos en la cabeza, como odiaba que me hiciera mi abuela. Le respiro fuerte, para impregnarme bien de su olor a plastidecor, sudor infantil, dulzón, y polvo de patio. “Ay, mamá” protesta y se me escurre dentro de casa. Cierro la puerta, descuelgo el telefonillo y le digo a su padre que “el pájaro ha llegado al nido” para que se marche tranquilo. 

Mientras, Gael suelta en el suelo la mochila del cole, hinchada por los uniformes y el chándal de la semana, y va directo a la cocina. Saca del frigorífico un brick de leche, se sirve un vaso hasta arriba y se lo bebe de un tirón. “Qué sed… tenía” me dice con el bigote blanco. Es un guiño a un sketch de Barrio Sésamo en el que Epi hacía levantarse de la cama a Blas para que le diese agua hasta ponerle de los nervios. La cantidad de veces que nos habremos reído viéndolo, y nos sigue haciendo gracia. Sonrío y le pregunto que qué tal el cole. “Pues bien”, me dice encogiendo los hombros. Y no le saco mucho más. 

Cuando me quiero dar cuenta ya está en el salón, tumbado en su lado del sofá, la zona de chaise-longue que queda justo frente a la pantalla de la televisión. Coge el mando y pone una serie de dibujos. Me recuesto a su lado, y trato de acariciarle el pelo, pero no me sale. Tengo las manos entumecidas y no siento bien con las yemas de los dedos, que están como acorchadas. “Maldita neuropatía”, me digo, apretando los puños hasta que me duelen. Por suerte, el niño está ensimismado viendo la tele y no se entera de nada. O eso creo.

Es viernes y tenemos todo el fin de semana por delante, así que aprovecho el final de un episodio de su serie para preguntarle qué le apetece hacer. Cojo de la mesita un par de libros sobre ocio con niños que he estado ojeando estos días para rastrear posibilidades.

—¿Qué te parece si vamos aquí? Yo creo que ya tengo fuerzas suficientes— le digo señalando la foto de un parque multiaventura en la sierra. 

—Ya he ido con papá— me cuenta —mola, pero fuimos hace muy poco. Mejor otra cosa.

—¡Vaya! bueno, no pasa nada… Pues podemos ir a la Warner, que el año pasado me quedé con las ganas. ¿Te apetece?

—No sé… ¿Vas a poder montarte en todo? Mejor algo más tranquilo, ¿no?— me dice achinando los ojos—Acuérdate de la última vez…

La última vez habíamos tenido que suspender el plan porque estaba muy débil y con diarrea.

—Hombre, ya estoy mejor, más recuperada de la quimio. Lo único que tengo es lo de la neuropatía, pero yo creo que no me influye mucho para montarme en las atracciones…

—¿Y si vamos al cine?— me interrumpe con los ojos muy abiertos y brillantes.

—¿Otra vez? Conmigo solo quieres ir al cine.

—Han estrenado una nueva de Spiderman…— sonríe con todos los músculos de la cara, formando dos hoyuelos en sus mofletes, idénticos a los míos.

No puedo resistirme a esa sonrisa.

—Venga, vale, vamos al cine— le digo. Y esta vez soy yo la que recibe su abrazo estrujador. 

En realidad estoy curada. No hay ni rastro del tumor. Hace casi un año que terminé el tratamiento de quimioterapia que me dejó sin un solo pelo en todo el cuerpo, dolorida y con tan poca energía que vivir me agotaba. En este tiempo me he perdido muchas cosas, he vivido al ralentí y ahora que me noto más fuerte tengo ganas de pisar el acelerador y recuperar el tiempo perdido, de saltar y correr, de hacer todo lo que no he podido hacer. A veces me puede la impaciencia, me vengo arriba y luego no llego. Es frustrante. Para mí y para todos. Supongo que por eso Gael no se fía y prefiere que vayamos al cine, como todos los fines de semana que se queda conmigo. Y no es que yo tenga nada contra el cine. Para nada. El problema es la neuropatía periférica, una de las secuelas de la quimio, que se intensifica con el frío seco. El aire acondicionado de las salas, tan intenso, me sienta fatal. “Deberían darnos mantitas, como en los aviones” me dice siempre Gael, que tiene la lucidez de la infancia y más razón que un santo.

Así que vamos al cine. A la sesión de las ocho y media. Con palomitas y todo. En mitad de la peli que tiene en tensión a mi hijo, que no para en la butaca, tengo tanto frío que el fular que me he traído para cubrirme no resulta suficiente. El entumecimiento me llega casi a las rodillas. Me descalzo y subo los pies al asiento de al lado en un intento por aprovecharme del calor que desprende el niño. En uno de sus movimientos me roza la planta de un pie y me revuelvo riéndome. Me mira divertido y busca mi otro pie en la oscuridad: “Pero, mamá, ¿tienes cosquillas? Si tú nunca has tenido cosquillas” . Y es verdad. Al entrar en la edad adulta, las preocupaciones, el bullir mental me hicieron perder la capacidad de relajarme y de sentir cosquillas, y parece que ahora, con la neuropatía, la he recuperado. Me río con ganas, sin la más mínima consideración por la gente que me rodea, que bufa por la incongruencia de mi carcajada con la escena de la pantalla. Pero me da igual. Estoy muy contenta con mi descubrimiento, con mi neuropatía. Siento menos las caricias con las manos pero a cambio tengo cosquillas en los pies.

NOTA: La neuropatía periférica inducida por la quimioterapia (CIPN, por sus siglas en ingles), que se caracteriza por dolor y pérdida de sensibilidad en las manos y los pies, puede interferir en el tratamiento de los pacientes con cáncer y reducir considerablemente su calidad de vida. 


3 respuestas a “Neuropatía periférica inducida por quimioterapia (por Isa)

  1. Me gusta tu forma de darle un toque de humor a temas tremendamente serios. Todas esas “putaditas” del cáncer de las que nadie habla y que, aunque no son nada en comparación con un diagnóstico grave, afectan a la vida diaria más de lo que podamos imaginar quienes no las sufrimos.
    En todo caso, ¡que vivan las cosquillas! 🙂

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    1. El universo del cáncer da para mucho. Son infinidad de putaditas, al margen de lo grave, que es que mata.
      Me jode el infantilismo con el que se intenta tratar una enfermedad tan dura, con un tratamiento tan demoledor. Lo de que el ánimo influye en la curación me mortifica. El ánimo influye en no estar sumida en la mierda. Poco más.

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