Sobreviviendo a la COVID persistente (por Irene)

Irene Garrido es maestra vocacional, profesora de Educación Infantil en un colegio público de Madrid, aunque es de Sevilla. Pero yo la conozco de El Rompido, nuestro pueblecito marino, desde hace muchos años. Es una madre excelente, una profesional estupenda y una gran amiga. La COVID ha pasado por ella como un huracán, dejando estragos de los que no consigue recuperarse, y como creo que merece la pena que se sepa, os dejo aquí lo que ha escrito.

Hace unos días, me enviaron un artículo muy interesante en el que un científico renombrado hablaba de su experiencia de haber sufrido COVID persistente durante 12 meses. En él, nos alentaba a los que nos encontramos en la misma situación a que siguiéramos luchando para salir de este largo y tortuoso estado. Eso es precisamente lo que llevo haciendo desde el 11 de octubre de 2020, durante casi ya 9 largos y agotadores meses.

Con estas líneas, no pretendo dar pena a nadie, ni ir de víctima, ya que me siento una gran afortunada al seguir viva y poder estar contando esto ahora mismo; muchas personas no han corrido esa misma suerte y tengo muy cercanos a mí, muchas de estas dolorosas pérdidas, especialmente la del padre de una amiga mía de toda la vida. Solo pretendo hacer un poco más visible esta enfermedad, ya que muchos la ven pasar de muy lejos, otros la pasan asintomáticos o leves y otros, que prefiero ni mencionar, niegan su existencia. Pues a todas esas diferentes visiones de este “mal bicho” llamado coronavirus (COVID-19) les invito a que empaticen con los pacientes graves de COVID o con los que aún seguimos sufriendo sus secuelas, y no resten gravedad a los efectos de este virus.

El 11 de octubre de 2020, comencé con una de “mis toses” y pensé que había cogido frío en la bici y que iba a comenzar con una de mis frecuentes bronquitis. Pero el 15 de octubre, tras días sintiéndome a morir y mendigando una PCR, ya que parece que los que tenemos Muface con aseguradora privada somos unos apestados, me hicieron una prueba de estas. Ese día, confirmaron mi sospecha, me había infectado de COVID. El día anterior, mi marido y mis hijas, eran también diagnosticados de padecer coronavirus (aplaudo a la Seguridad Social por su gestión con ellos, muy diferente a la mía).

PRIMERO, DIAGNÓSTICO COVID

Comenzábamos pues, nuestros terribles 10 días de confinamiento en casa, en el que los cuatro nos encontrábamos fatal, mis hijas incluidas, con bastantes síntomas incluso para ser niños. Los cuatro “tirados” en el sofá sin fuerzas para poder ni casi abrir los ojos y, claro, sin ayuda familiar por la gran lejanía. Tampoco podía entrar nadie en casa… pero había que comer, y limpiar y lavar lo mínimo, y todo eso era como una misión imposible en nuestro estado. Tuvimos fiebres, toses, agotamiento bestial, dolor muscular y articular brutal, migrañas, opresión en el pecho, disneas, insomnio, pérdida de gusto y olfato, taquicardias, desvanecimientos, mareos y, sobre todo, esa sensación de que te han colocado una losa encima y no puedes salir de ahí. (Mi hija Laura continúa a día de hoy con cefaleas causadas por la COVID).

Mis hijas se incorporaron a su vida normal a los 17 días y Santi tardó algo más de un mes en hacerlo y con bastantes complicaciones también. Pero yo… me quedé atrás. Muy atrás.

Para mí, fueron dos meses entre la cama y el sofá sin poder moverme, sin poder respirar bien, sin parar de toser, sin dormir, sin poder hablar porque me destrocé las cuerdas vocales de tanto toser, con “excursiones” a urgencias porque no podía respirar o porque me rompí (literalmente) una costilla de tanto toser… En urgencias me administraban de todo y me mandaban para casa. Me sentía agradecida y afortunada por volver a ella, sobre todo, cuando me bajaba del coche y mis hijas lloraban al verme salir de él sufriendo tanto por verme así. Meses después, numerosos especialistas de diferentes ámbitos y de diferentes centros médicos, se han llevado las manos a la cabeza por mi “no ingreso”, todos me dicen que casi seguro que me hubiera ahorrado mucho padecimiento y muchos meses.

No olvidaré nunca cuando salí por primera vez a que me diera el aire y caminar alrededor de mi bloque, parecía una anciana del brazo de mi marido, sin poder ponerme derecha y sin apenas poder dar dos pasos sin ahogarme. Mi portero y una amiga que se quedaron bastante afectados al verme en ese estado. Aunque eso me lo confesaron meses después; en ese momento, todo el mundo me decía verme estupenda. Bienvenidos eran esos ánimos.

Por supuesto, mi vida familiar y de ocio en la calle eran nulos, mis clases de flamenco y de Pilates anuladas, y seguía de baja laboral. Mi vida “normal” se paralizó el 12 de octubre de 2020.

SEGUNDO, SÍNDROME POST COVID

Pasé de padecer COVID a sufrir SÍNDROME POST COVID. Comenzaron las interminables pruebas de todo: internistas, neumólogos, neurólogos, traumatólogos, rehabilitadores, médicos de cabecera, fisioterapeutas, análisis de todo, radiografías, resonancias, electroencefalografía y electromiograma (las pruebas más dolorosas que me hecho jamás en la vida), TAC de tórax con contraste, pruebas de esfuerzo y equilibrio, pruebas respiratorias…

Y por supuesto, la VIDA no se para, ni se acopla a tu ritmo y a tu malestar, sigue adelante con todos sus problemas y sus “cosas” del día a día. Y tú tienes que seguir cumpliendo con tus “responsabilidades” de madre: Con la atención y cuidados, con los deberes y el cole, con sus actividades varias, con las preocupaciones y visitas médicas de tus hijas que siguen y encima se multiplican y se complican, quitándote un pedacito de vida de tanto dolor, y tú sigues ahí, junto a ellas, sacando fuerzas de donde no las tienes pero ESTÁS AHÍ.

En enero de 2021, comencé mi rehabilitación fisio respiratoria y motórica (dos horas diarias durante 5 meses) y mi rehabilitación foniátrica (2 veces en semana hasta la fecha) para mis cuerdas vocales completamente dañadas y sin apenas voz. Seguía con 4 inhaladores de corticoides al día, (los corticoides orales ya había dejado de tomarlos después de un mes y medio), calmantes, relajantes, vitaminas, me asfixiaba simplemente de andar por el pasillo de casa, seguía tosiendo, seguía teniendo dolores musculares y articulares, contracturas, migrañas, pérdida de fuerza y equilibrio, temblores por todo el cuerpo, parestesias, calambres, disnea, niebla COVID (pérdidas de memoria y concentración) …

Desde octubre, en todas estas múltiples visitas médicas y revisiones, yo les seguía comentando a todos los especialistas que me veían que mi dolor costal no desaparecía, todos me respondían lo mismo: “ya te vimos en octubre y no tenías nada roto, debes seguir con un gran desgarro muscular y ese es un dolor muy intenso que tardará en desaparecer”.

A mediados de marzo y estoy dispuesta a incorporarme ya a mi querido cole con mi amada profesión, con dolor costal incluido y con una leve mejoría gracias a todas mis rehabilitaciones, pero ese dolor seguía incrustado en mí. Tras volver a mendigar que alguien “me mire”, por fin me escuchan. Y yo tenía razón: no solo tenía rota una costilla, se me había vuelto a romper un poco más arriba y se me había astillado el hueso, todo ello por no habérmelo visto en su momento y encima todo se había empeorado aún más al haber estado forzando esa fractura inicial con los ejercicios rehabilitadores (que me habían ayudado para todo lo demás, pero no con la costilla).

INDICACIÓN MÉDICA: REPOSO.

¿Después de 5 meses volvía a estar como casi al principio? Mi caída anímica fue considerable, de nuevo tenía que estar más encerrada en casa y reposando más incluso de lo hecho hasta ese momento. Me mandaron más rehabilitación de ondas, frecuencias y calor para ayudarme a soldar las fracturas y disminuir el dolor. Seguía yendo pues, a mis casi dos horas de rehabilitación diaria, desde el 11 de enero hasta el 30 de mayo que finalicé con todo.

Es curioso como en esta convalecencia parece que vas mejorando y cuando ya crees que todo va a desaparecer, tu cuerpo vuelve a hundirse y vuelves hacia atrás… No entiendes nada… Los médicos me dicen que lo están viendo mucho, que avanzamos y retrocedemos en nuestras mejorías, pero cuando te ves casi ya coronando la cima de la montaña, de pronto, resbalas, caes, y vuelves a empezar el ascenso, y así en repetidas ocasiones.

Paso entonces de síndrome post covid a padecer COVID PERSISTENTE.

 A final de mayo me repiten una radiografía costal y aún queda un poco de hueso por soldar. ¿Todavía?.

¡Otro zasca!, que dicen por aquí. Tampoco me puedo incorporar al cole en junio, me dan otro jarro de agua fría; bueno, diría más bien, que han sido cascadas de agua fría todo lo que he ido recibiendo en estos meses.

Tengo que seguir con un poco más de reposo en junio porque me tengo que recuperar de las fracturas antes de poder volver a hacer todas mis rehabilitaciones motóricas y respiratorias nuevamente, porque en estos 3 meses de reposo, me han vuelto las disneas, más tos, más temblores, más debilidad, más parestesias y calambres, más ahogo… se puede decir, que se produjo una involución en mi cuerpo, retrocediendo en todo lo que había ganado en unos meses.

Cuando en el mes de junio me preguntaban por mi estado de salud, yo pensaba: «pues sigo con migrañas, con un dolor muscular muy fuerte en las piernas, con tos, con disnea, con tal cansancio que a veces duermo entre 12- 15 horas diarias, estoy cansada todo el día, me ahogo al andar, me duelen las costillas, tengo mal cuerpo, sigo con temblores desde la cabeza a los pies (hasta me tiembla mandíbula), calambres que me recorren el cuerpo entero, parestesias…» pero, ¿cómo seguir diciendo todo esto? Y ¡en junio! Así que respondía con un: «¡ahí vamos!» y ya está. Creo que era el mejor resumen posible.

Soy una persona muy activa, yo no paro nunca en el día, tengo un trabajo de mucha actividad y desgaste, pero incluso al salir del cole, me paso la tarde igual, sin descanso de aquí para allá… y me ha costado mucho asimilar este nuevo estado en el que no tengo fuerzas para nada y mi ritmo es el de una tortuga… Sentir cada mañana al levantarte que no eres tú, que no eres la misma, que no tienes energía ni casi para respirar y sentirte como una anciana. Es como haber envejecido de golpe unos 30 años.

En enero me pasé a la Seguridad Social (como decimos los de Muface), elegí, como mutualista de Muface que soy, el INSS como entidad médica y por fin, me ha visto hace unos días un internista de la unidad post COVID de La Paz, nuevamente horrorizado de todas las negligencias, fallos y errores que han ido cometiendo conmigo y que tanto han eternizado mi total recuperación. Me queda conocer resultados y derivaciones al neurólogo, ya que salen “algunas cosillas” alteradas en mi resonancia cerebral y en mis analíticas, espero que las respuestas lleguen pronto y que todo esté bien.

Por fin, en julio, me han vacunado, una sola dosis de Pfizer, con pauta vacunal así completa. Y digo, por fin, porque también la vacunación ha sido una lucha de 4 meses para que me vacunaran, ya que después de reclamar y mover todo lo removible, descubro que estaba eliminada de la lista de vacunación por un error informático y ni siquiera me han citado como docente, sino ya por mi franja de edad. Los médicos me han dicho que seguramente con la vacuna me recupere muchísimo de las secuelas, que ya lo están comprobando en pacientes con mi misma situación. Confío en ello.

Pienso recuperarme al cien por cien en estos dos meses que me quedan de verano y el 1 de septiembre volveré a mi cole con mis hijas y a mi clase con mis niños, con mis lobitos. Y este verano intentaré recuperar esas “horas de normalidad” que este maldito bicho me ha arrancado de mi vida y de la vida con mi familia.

Siempre se dice, que todos los malos momentos de la vida te enseñan a ser más fuerte y que de ellos se sacan muchos aprendizajes. Quiero pensar que sí, que soy aún más fuerte, que me he dedicado exclusivamente a mis hijas, también por suerte, en un año en el que me han necesitado más que nunca, ya que todo mi tiempo ha sido para médicos y para ellas, he leído mucho, he visto muchas series atrasadas, he conocido a gente maravillosa en la rehabilitación y en la logopedia, me he sentido muy querida por los míos, por muchos amigos y por muchos compañeros del cole. Gracias a todos.


Una respuesta a “Sobreviviendo a la COVID persistente (por Irene)

  1. Hola Inés, yo tb soy una covid persistente y he pasado por infinidad de síntomas, pruebas,ingresos….Mandarte toda mi fuerza y ánimo. Yo con la vacuna mejoré algo. Un abrazo gigante. Podemos con ello!!!!!

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