Un año de ir sola a bares (por Ana)

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Ya sabéis que yo soy muy de bares y muy de ir sola a bares. Ya sé que algunas personas les horroriza comer sin compañía en un restaurante o ir en solitario al cine, para ellas el poner el pie en un bar a pedir un café o una caña debe ser un horror. Y lo respeto y lo entiendo porque yo tuve una época en mi vida en que era así. Llegué a pensar que aquellos que acudían a los bares solos a determinadas horas eran de dos géneros: o insoportables que no conseguían que ni sus compañeros o amigos le acompañasen o borrachines solitarios que ahogaban sus penas en la barra dando la lata al camarero.

Mi opinión empezó a cambiar cuando, durante un periodo de parón laboral, para poder pagar la hipoteca, empecé a trabajar con mi padre en el bar familiar. Claro que hay borrachos que ahogan sus penas en Mahou o, peor aún, en Dyc, pero también hay gente que va sola porque le apetece, porque leen un libro tomándose un café o porque no les queda más remedio pero para nada son seres solitarios.

Antes de enfermar, mi marido y yo éramos prácticamente “críticos barísticos”. Nuestra principal actividad fuera de casa era conocer nuevos locales y recalar en los conocidos a los que otorgábamos nuestra especial distinción sobre el resto. Cuando él enfermó, yo creí que nunca más entraría en un sitio así, que qué iba a hacer yo sola. Pero el tiempo todo lo suaviza, y un día, volviendo de la compra, me apeteció un café, y allá me fui con mi carrito lleno. A partir de ese momento, ya no me importa ir sin compañía, es más, lo empecé a disfrutar, sobre todo dadas las circunstancias. Para mí era una relajación, sentarme en la barra o en una mesa, sacar mis crucigramas, mis periódicos, mis libros… incluso he llegado a hacer ganchillo en varios de ellos.

Cuando me cambié de casa, empecé a tomar la costumbre de desayunar fuera y eso me ha hecho mucho más fácil la adaptación a mi nuevo entorno. He conocido a personas que también van todos los días a pedir su barrita con tomate y su café y a las que acabas saludando si te las encuentras en la carnicería o el estanco. La camarera ya me llama por mi nombre y me pone el desayuno sin preguntar.

Para Pablo y para mí eso era “pertenecer”. Y eso estoy haciendo yo, pertenecer por él y por mí. Pertenecer a esta vida, pertenecer a un trabajo, pertenecer a mi familia, a la suya, a su hija, a nuestros amigos, a nuestro perro… Porque es mi obligación, porque es lo que me ha ayudado a sobrellevar 365 días de un año que se me ha pasado como un soplo, porque a veces me despierto pensando que es 2010 y que me voy a volver en la cama y le voy a encontrar, y otras me asalta la sensación de que vuelve a ser 20 de noviembre y se me rompe el alma y un rayo doloroso me atraviesa hasta que me doblo por la mitad. Un año que han sido días, minutos y a veces ha sido un siglo. Un año en el que me ha tocado comer sola en restaurantes, hacer la compra solo para uno, llorar como cien mil y acostumbrarme a una nueva vida. Un año en el que cada vez que entro en un bar espero que él se gire en su banqueta y se le iluminen los ojos al verme. A nadie se le han vuelto a iluminar tanto los ojos por mí y dudo que ese efecto se produzca en nadie más. Por eso entro sola a los bares, por mí y por él, porque desde hace un año vivo y pertenezco por dos.


17 respuestas a “Un año de ir sola a bares (por Ana)

  1. Brutal, Ana. No he podido contener las lágrimas. El año pasado, el 20N cambió de significado para mí, para siempre… mañana me tomaré una por Pablo y por ti, sobre todo por ti que ahora, como bien dices, vives por los dos.
    Un beso enorme.

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  2. Qué bonito, Ana… Y qué mejor homenaje que brindar por Pablo con una caña en uno de vuestros bares habituales. Considero que ciertos garitos son una especie de segunda casa y es muy gratificante cuando encuentras uno en el que te sientes tan cómoda como para ponerte a hacer ganchillo 🙂
    ¡Un abrazo gordo!

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