El salto del potro (por Vega)

¡Nueva colaboración im-perfecta! Esta vez Vega, que se define a sí misma así: “Soy periodista y escribo sobre derechos humanos y asuntos sociales para la Agencia Europa Press. Soy madre de una niña y estoy embarazada de otra, es decir, una bomba hormonal transitoria. Orgullosa im-perfecta desde mayo de 1981, aunque lo descubrí mucho más tarde, claro”.

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Mi peor pesadilla, descripción gráfica

Estoy horrorizada por una iniciativa en Change.org que pide implantar una hora al día de educación física en todos los centros escolares. Dicen que es por prevenir la obesidad infantil, pero si yo hubiese tenido una hora de gimnasia diaria, me habría sumido en una profunda depresión y probablemente habría acabado teniendo problemas más graves que el sobrepeso. Habría repercutido seguro en mis calificaciones de niña empollona y destrozado mi interés por los estudios porque os voy a confesar una cosa, no es que odiase la gimnasia, es que allí fabriqué casi todos los peores recuerdos de mi paso por el colegio. Parte de lo que soy tiene que ver con aquella clase.

Quizá sea por el modelo de educación física que se impartía aunque me temo, no ha cambiado mucho. Os hablo del Test de Cooper o lo que para mí significaba correr hasta vomitar, pero también de caer en la primera espaldera y confirmar que eras la empollona patosa, de jugarse el cuello con volteretas imposibles (tuve esguince cervical y collarín dos semanas) y, sobre todo, de mi momento humillante favorito: El salto del potro.

Jamás, y digo jamás, conseguí rebasarlo con o sin trampolín, pero me veía obligada a ponerme una y otra vez, un día tras otro, un curso tras otro, en la cola que formábamos en clase para ir saltando bajo la mirada atenta del resto.

¿Qué hacía? Cuando no se seguía orden de lista, me ponía una y otra vez en la fila para que acabase la clase antes de que llegase mi turno. A veces funcionaba, pero la mayoría de los días no. Durante años lo intenté con penosos resultados. Era horroroso. Las risitas dolían y duraban más que los golpes. Tenía amigas, claro, que no se metían conmigo. Pero todas saltaban el potro con una agilidad que me parecía sobrenatural, lo que instaló en mi una inseguridad en todo lo relativo al físico que aún hoy me acompaña.

potro
No, esa niña no soy yo

Me río de los que quieren combatir el acoso escolar y defienden esta exposición al cabronismo preadolescente de los más débiles de la clase, los no dotados para esas actividades que se exigen en el colegio y exclusivamente en el colegio. ¿Alguien paga la mensualidad del gimnasio para ir a saltar el plinto?

A finales de la EGB cambié de actitud. Decidí ponerme un escudo pensando que si no mostraba debilidad, no me dolería. Mis compañeros ya estaban acostumbrados y ya ni siquiera era motivo de murmullo, pero yo adopté una actitud de estar por encima de todo, es decir, era una pobre gilipollas más torpe que una tortuga que andaba en lugar de correr, tocaba el potro y se largaba de allí como si se la sudase todo, aunque aprobar en tiempo y forma siempre fue importante para mí.

Me creía buenísima en ese papel, hasta que en octavo descubrí que me ponía roja. Toda la vergüenza y toda la humillación que sentía se filtraba por mis poros; era absurdo seguir de chula. Por suerte, estrenamos profesor, un novato que se afeitaba las piernas para correr en bici. Verle con aquellos shorts (el anterior era un señor desagradable con silbato que daba clase en vaqueros) y el vello cual barba en sitio equivocado me hizo perder un poco el respeto. Me pasé el curso alegando que mis reglas duraban entre un mes y un año y no fue mal. Bordé un trabajo de fin de curso sobre rítmica y aprobé con un 6 sin haber tocado el plinto.

Lo peor de todo es que el deporte en sí no me disgustaba. No destacaba en ninguno, pero disfrutaba nadando, jugando al tenis o patinando fuera del colegio y me flipaba el volley, como buena espectadora de Juana y Sergio. Sin embargo, allí no se hacían deportes, sólo balón medicinal (¿WTF?), espalderas y ese potro que hace apetecible el de mi ginecóloga. Nunca jamás he vuelto a acercarme ni de perfil a ninguna actividad deportiva, por algo será.

Ahora, viene un profesor de educación física (oh, sorpresa!) a pedir contra la obesidad infantil una hora diaria de clase de gimnasia. ¿De cuál? ¿De aquella? Qué falacia. Se hace más deporte bajando al parque a jugar con los amigos al fútbol, a la comba o al pilla pilla. Se cría mejor a los hijos currándose las meriendas en lugar de comprar bollicaos. Se combate el sedentarismo estando con ellos para apagar la tele y sacarles a la calle. Pero claro, eso requiere abrir un debate sobre nuestra negligencia como sociedad en general y como padres en particular, y no. Es más fácil pedir medidas para que se jodan nuestros hijos.


8 respuestas a “El salto del potro (por Vega)

  1. El potro es una tortura inservible, francamente no se de que vale en el colegio. Yo lo odiaba y mis hijas lo odian. Recuerso que era especialmente complicado para los chicos, nunca le vi y ahora no le veo el sentido.

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  2. Parece ser que hay unanimidad anti-plinto. Yo recuerdo con horror una exhibición de esas pero las cosas supongo que habrán cambiado. En principio una hora más de educación física no suena nada mal

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  3. Yo también lo pasaba fatal en gimnasia, y eso que bailaba y estaba en buena forma física pero lo de andar dando saltos sin ton ni son, corriendo sin que me persiguiera nadie o demostrando una fuerza sobrehumana no tenía para mí ningún sentido. Aquello era una tortura para mi pobre personita. Besotes!!!

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  4. Pues aquí otra del club anti gimnasia. Lo odiaba. Siempre he sido un poco torpona con determinados deportes y estoy convencida que mi falta de destreza se debe a lo mal que lo pasé en aquellos tiempos. Primero, con un profesor con un silbato que nos hacía correr en círculos al que llamábamos “el bola” (con eso ya podéis haceros a la idea de su dimensión esférica). Y después con una profesora obsesionada con la elasticidad -característica de la que carezco- que fue clase a clase minando mi ya mermada autoestima de púber acosada y acomplejada.
    Nunca agradeceré lo suficiente el día en que mi traumatologo decidió que la clase de educación física era contraproducente para corregir mi escoliosis y me declaró exenta. Me pusieron una escayola de las axilas a las caderas que tuve que llevar 3 meses (¿o fueron seis?) y tuve que ir a rehabilitación a diario durante más de un año. Pero no me importó: ¡me libré de una de mis peores pesadillas de por vida!

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  5. Cuantos recuerdos me ha traído el post.
    Yo también odiaba el plinto, potro y demás instrumentos de tortura. Por suerte y porque me cambié de clase, me libré de ellos durante mi estancia en el instituto, gracias a que uno de los profesores de educación física hacía sus clases variadas e innovadoras para la fecha y, aunque nos hacía pruebas físicas como el test de cooper, el lanzamiento de balón medicinal y otras, también lo compaginaba con deportes colectivos y otros menos conocidos como las carreras de orientación. Habría que ver en qué se emplearía esa hora de educación física.
    Saludos

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  6. ¡Buf, no sabes cómo me identifico contigo! Para mí las mal llamadas clases de educación física eran una pesadilla. A mi torpeza se añadía el pánico que me daba romperme literalmente los morros contra el potro de tortura, y todo empeoró con un profesor de BUP que decidió que teníamos que hacer una coreografía delante de toda la clase. Suspendí deliberadamente para poder repetir la prueba a solas y le odié mucho. Como cuentas tú, arrastré siempre un complejo de patosa que aún me persigue y todavía me sorprendo cuando en el gimnasio me veo haciendo los mismos ejercicios que los demás.

    Apoyo totalmente que los peques tengan más actividad física, pero una que les haga pasárselo bien y realmente quemar energías, que no tiene nada que ver con el concepto de gimnasia escolar. En estas plataformas de peticiones online hay algunas a veces que rozan el ridículo más absoluto.

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