Consentimiento (por Vega)

image1 (1)Si nunca te has sentido en peligro, no conoces esa sensación. Ese momento en el que se te eriza la nuca y todo tu cuerpo de golpe te manda una señal de alarma mientras tu cabeza te repite en bucle alguna frase tipo, “¿Qué haces aquí?” o “Debiste marcharte antes”. Es un momento como de disociación. Te ves desde fuera en esa tesitura que ha hecho sonar tus sirenas y analizando a toda prisa las variables a las que te vas a enfrentar para intentar decidir sobre la marcha la mejor manera de salir del embrollo en el que sabes fehacientemente que te has metido tú solita. Así, de sopetón.

Si encima vas tremendamente borracha y estás ya de salida, en esa estado en que tienes poca más autonomía que la de llegar hasta tu cama, debe ser todavía más difícil mantener el control de una situación que te violenta. Si esa situación es la perspectiva de acabar violada con brutalidad por cinco tíos que te sacan años, kilos y centímetros, imagino que el shock debe ser bestial. 

Por eso estos días al hilo del juicio por la presunta violación en san Fermín no hago más que preguntarme qué es el consentimiento. ¿Consiente la víctima amenazada por un cuchillo? ¿Y la que percibe esa amenaza en la encerrona en la que se encuentra de repente? ¿Consiente una persona absolutamente etílica aunque despierta? ¿Y la que siente que será mucho peor si opone resistencia? ¿Consientes si no dices que sí, aunque no digas que no? 

España no es un país en el que las mujeres denuncien en falso. No es uno de los muchos y variados problemas que aquejan a nuestro sistema judicial. Cuando se trata de violencia en el ámbito de la pareja, los órganos jurídicos solo han encontrado indicios de falsedad en un 0,0079% entre las miles de acusaciones que se registran cada año. En violencia sexual se registran de media tres denuncias al día, unas 1.300 anuales, sólo por violaciones con penetración. Es mucho, sí. Muchísimo más de lo que un país democrático puede soportar. Pero no es nada en realidad si preguntas a las asociaciones especializadas: te dirán que es un delito que en general, no se denuncia. Y no se denuncia por vergüenza a ver lo que una ha padecido en los ojos de los demás, pero también por un profundo sentimiento de culpa. El que alimenta esa pregunta que sigue después en bucle en su cabeza: “¿Pude hacer algo por evitarlo?”. 

Sin embargo, nos llenamos de cautelas como si fuese más alta la probabilidad de que todo fuese falso.

Me parece especialmente doloroso que además, en lugar de arropar, la sociedad responda con un “quizá sí”. Quizá fue culpa tuya, quizá debiste decir claramente que no querías hacerlo. Quizá debiste correr, o gritar, o pedir ayuda. Quizá no debiste ir sola por la calle ni dar palique a aquellos extraños. 

Juzgamos, todos juzgamos, porque al final es más fácil vivir en la creencia de que si sigues las pautas, estas cosas no te pasan y si te pasan, por tanto, es que algo has hecho mal. Es eso o que te lo has inventado. 

Ya lo decía la madre de Caperucita, la chica que por no atender a la precaución, acabo en la boca del lobo. ¿No es eso lo que nos han enseñado? ¿Que el lobo caza y eres tú quien debe evitar encontrarse con él? ¿Acaso le dijo Caperucita al lobo que quería que la comiera? ¿Acaso tuvo la oportunidad de decirle que no? 

¿Alguien diría que consintió ser devorada?

Vega se define a sí misma así: “Soy periodista y escribo sobre derechos humanos y asuntos sociales para la Agencia Europa Press. Soy madre de dos niñas y orgullosa im-perfecta desde mayo de 1981, aunque lo descubrí mucho más tarde, claro”.


10 thoughts on “Consentimiento (por Vega)

  1. Qué triste todo, ciertamente.

    Hace unos meses estaba en casa de mis padres viendo el telediario, cuando informaban de aquella mujer italiana que se había suicidado después que su ex pareja difundiera un vídeo íntimo de los dos. La primera reacción de mis padres fue “es que a quién se le ocurre grabarse”, sin ni siquiera pensar que el c***ón que difundió las imágenes sin consentimiento expreso había sido él.

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  2. Es tristísimo que a estas alturas las mujeres todavía tengamos que estar justificándonos constantemente y seamos cuestionadas por todo: por lo que hicimos o dejamos de hacer, por si te vistes sexy o si vas en chándal, si viajas sola, si sales de noche… En los casos de violaciones ocurre algo que resultaría insólito en cualquier otro delito; nadie le pregunta a alguien a quien han robado si se resistió al ladrón. En cambio, estamos viendo en este juicio horrible que la juzgada parece ella y no los cinco delincuentes que la violaron. ¿Tenemos que ser como las mártires de la iglesia católica, que preferían dejarse matar antes que perder su honra???

    Como bien preguntas: ¿qué es el consentimiento? ¿En qué momento pierdes el derecho a decir “no”? Porque hay otra cosa: es posible que te hayas ido con un desconocido a su casa con toda la intención de acostarte con él, o con varios a la vez si te ha dado la gana, y que llegado un momento dado ya no te apetezca y quieras marcharte. Pues no, resulta que hay hombres que no te permiten vuelta atrás y que no pueden reprimir sus impulsos trogloditas, al parecer. Seguro que todas las que tenemos una cierta edad hemos escuchado, dirigido a nosotras o a otra mujer, ese epíteto tremendo: calientapollas.

    Es como si la voluntad de la mujer no fuera nada en comparación con el deseo del hombre; no hablemos ya del valor que se le da a nuestra palabra. Tenemos que seguir luchando para que todo esto cambie.

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    1. …y tanto, de hecho los hombres que espetan esa argumentación cometen dos errores por el precio de uno; culpabilizan a la víctima y, además, admiten que son unos bestias sin control de su bragueta.

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  3. Me ha encantado la comparación de Caperucita. Los cuentos siempre nos han advertido de los lobos. Ningún cuento va de ir a por ellos. Si vas al bosque eres una niña mala. Y todo así. Desde siempre

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  4. A las mujeres nos han enseñado a sentirnos culpables por todo, por lo que nos pasa a nosotras y a los de alrededor.
    Si nos roban, si nos violan, si nos pegan, si nos matan es porque algo habremos hecho mal; como si solo con nuestra actitud pudiésemos impedir algo, cuando es mentira. Esta creencia solo sirve para coartar nuestra libertad, para recriminarnos si nos mostramos dueñas de nuestra vida, nuestro cuerpo y nuestros sentimientos.

    Las denuncias por maltrato o agresión sexual siguen siendo bajas por dos razones fundamentales: porque las consecuencias penales para los agresores distan mucho de ser las deseables, y en algunos casos la denunciante puede acabar muerta en manos del vengativo denunciado y porque las probabilidades de que la víctima sea juzgada al mismo nivel que el agresor son muy altas, como desgraciadamente estamos viendo estos días.

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    1. Efectivamente. ¿Por qué seguimos escuchando cosas como “por qué viajaron ellas solas”, “qué hacía de noche por ahí”, “por qué se subió al coche”, “la culpa es suya por no dejarle” y mierdas similares? ¿Por qué la pregunta y la culpabilización no se dirige nunca a los bestias que perpetran violaciones, abusos y asesinatos?

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