La sociedad de la desinformación (por Isa)

Entre las cosas maravillosas que ha traído el p… COVID está la exacerbación brutal de los bulos y las fake news. Ya había a troche y moche noticias falsas y mentiras que se expandían como la peste vía whatsapp, pero el miedo y la sobredigitalización que han generado la pandemia y el confinamiento, han hecho que las memeces se expandan más. Los medios no ayudan, es cierto. Y como lejos de desmentir las falsedades, que unos por pardillismo y otros por interés se encargan de expandir, muchas veces se convierten en altavoz involuntario. Así que han perdido la poca credibilidad que tenían. La gente ya no se fía de las noticias (y es cierto que tienen motivos) y prefieren creerse lo que les cuenta el ‘cuñao’ de turno.

A mí, como periodista, esto me parece desalentador. Hay medios (y pseudo informadores) que se han ganado a pulso el descrédito de los ciudadanos, pero también hay grupos políticos interesados en echar por tierra la (necesaria) labor del periodismo, creando cabeceras propagandísticas y difundiendo la falacia de que todos los medios están comprados, que se dedican a difundir patrañas y que es mejor informarse por otras vías. ¿Por cuáles? ¿Por las suyas? En fin. La verdad es que, pese a todo, la mejor forma de informarse sigue siendo recurrir a fuentes fiables, y no todo el mundo está formado para discernir cuales son esas fuentes o como contrastar las “informaciones”. Lo fácil, y eso es algo en lo que caemos todos -hasta los profesionales- es creerte aquello que concuerda con tus expectativas, con tus preferencias ideológicas o con la idea preconcebida que tuvieras de antemano. Lo difícil es parar y decir: Espera, ¿quién dice esto? ¿en qué se basa? ¿da datos? ¿de dónde vienen? Tener cierto espíritu crítico, en definitiva y no quedarnos con lo primero que nos llega.

El otro día vino a casa un pintor y en una de las pausas que hizo para descansar comentamos el panorama COVID: los enfermos, los muertos, las mascarillas, las restricciones… Él tenía muy claro que todo era un invento, una conspiración supraestatal mundial generada para deshacerse de los más mayores y eludir el pago de las pensiones, un holocausto de viejos perpetrado por los propios médicos y personal sanitario. En su cabeza no sonaba delirante, sino real. Porque “lo que nos cuentan en la tele son todo mentiras”. No tenía mucho ánimo de discutir y le ví tan convencido que tampoco creí que tuviera mucho sentido rebatirle la teoría de la conspiración. Lo único que le dije es que los pobres médicos bastante tenían con dejarse los cuernos atendiendo contagiados graves y moribundos, poniendo en riesgo su propia vida como para encima estar bajo sospecha de los escépticos.

Sé que muchos estaréis pensando que este tipo de argumentaciones basadas en la rumorología o en las fake news florece especialmente en gente poco ilustrada, como el pintor, pero lo cierto es que no es así. He visto a gente culta, a profesionales de carrera, poner en entredicho preceptos científicos más que consensuados. Una muy buena amiga, que cumple con los requisitos de ilustración más que competente me comentaba sus dudas con respecto a la vacuna del COVID porque había leído por ahí que había muerto gente por ponérsela. Cuando le pregunté que dónde lo había visto y nos pusimos a indagar un poco en la red, quedó al descubierto que la información era falsa y que la fuente no era muy de fiar. En menos de 10 minutos, vimos que en realidad lo que pasaba es que algunas personas habían muerto por el virus pese a estar vacunadas. Y además, descubrí tres cosas: que cualquiera puede caer en un bulo, que buscando un poco puedes encontrar la verdad y que hay que interpelar a los que están en un error, porque buscando saldrán de él.

En la era de la información súper accesible resulta que cada vez es más difícil separar el grano de la paja, pero algo podemos hacer. No fiarse de lo que uno lee está bien, desconfiar de los titulares llamativos -que normalmente son más vendemotos que otra cosa- e ir más allá, poner en tela de juicio datos y hechos según quien los exponga, ser conscientes de que los medios tienen línea editorial, accionistas y anunciantes es también un buen recurso para no tragarse todo, aunque lo digan “los de tu cuerda”, y contrastar lo que nos llega siempre que tengamos ocasión… y sobre todo, si no te vas a creer lo que dicen los medios tampoco te creas lo que te llega “reenviado muchas veces” a un grupo de whatsapp.


Una respuesta a “La sociedad de la desinformación (por Isa)

  1. Te podría decir que los mayores defensores de la teoría conspiratoria respecto a la Covid-19 que he conocido son gente inteligente y con formación, y hasta maja.
    Se ve que el sesgo de confirmación es más fuerte en nuestros cerebros que el espíritu crítico y el interés por descubrir y contrastar (lo que es especialmente grave en el caso de la prensa, porque contrastar es su obligación y está en la base misma del oficio). Ya hace años que lo que está en boga es mantener opiniones súper contundentes acerca de todo, sustentadas con interesantes bases del tipo “me lo dijo mi cuñao” o “lo he leído en Twitter”. ¡Meteorito, ven ya!

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