Nostalgia de lo no vivido (por Isa)

El domingo por la noche cuando ví el discurso viral de Ana Iris Simón ante Pedro Sánchez, me sentí reconocida y admirada de tanta sensatez. ¿Quién de mi generación y de las posteriores no se ha sentido estafado alguna vez con el progreso fake en el que vivimos? Son muchos los nacidos en los ochenta o noventa que tienen la sensación de que encadenar carreras no les ha servido para encontrar un buen trabajo fijo que les permita gozar de la estabilidad suficiente para independizarse o formar su propia familia. La escritora manchega saca a relucir muchas verdades sobre demografía ante el gobierno de España, y también algunas precisiones que no comparto. Si no habéis visto su intervención, os lo dejo aquí.

Nada más verlo, como suelo hacer cuando algo me entusiasma, me apresuré a compartirlo con aquellos que pensé que les podía gustar, amigos y familiares ideológicamente afines. A todos les pareció una reflexión muy cabal y se sumaron a mi aplauso. Entonces, descubrí la polémica y el hechizo se rompió. Empecé a encontrar mensajes de perfiles asociados a la derecha y ultraderecha española celebrando el “zasca” que según ellos habían supuesto las palabras de Ana Iris a Pedro Sánchez, presente en el acto. Las redes sociales y su apología de los zascas. No me extrañó, porque estoy acostumbrada a la zozobra viral que se produce entre una parte de la población cibernética cada vez que alguien le enmienda la plana al presidente. Pero claro, que los de ultraderecha elogien a alguien que se autodefine de izquierdas genera resquemor entre ciertos sectores de la izquierda, que en seguida empezaron primero a sospechar y después a criticar con mayor o menor argumentación el discurso y a su autora.

Volví a ver el vídeo por si se me había escapado algo, mientras debatía con aquellos que empezaron a mostrarme sus recelos sobre lo que dejaba caer de forma implícita, y a leer las sesudas disertaciones sobre la figura de Ana Iris Simón, el discurso de marras y su novela ‘Feria’ que está teniendo bastante éxito. Como la novela no la he leído, no voy a entrar en el juego de juzgarla, que una de las pocas cosas que aprendí en la Facultad de Periodismo es que hay que ir a las fuentes y no quedarse con quien las reproduce a trozos e intercalando sus opiniones. Además, de un tiempo a esta parte, procuro tomarme con cierta reserva las críticas porque he observado que, por desgracia, está muy extendido denostar cualquier opinión de alguien una vez que las masas le sitúan en una línea ideológica discrepante (a ese ni le escucho, que es un facha o un rojo). También es muy frecuente mezclar realidad y ficción, atribuyendo al autor las frases, ideas o actitudes de los personajes representados en cualquier obra de arte, película, novela o canción.

En cualquier caso, el discurso de arriba sí que me lo he tragado varias veces en busca de esos matices que no me chirríaron inicialmente, pero que luego entendí que hayan alertado al personal. Lo que más me chocó fue su visión de la inmigración, aunque al principio me pareció impecable. Parece razonable desear que aquellos que tienen que irse de su país en busca de una vida mejor no tengan que hacerlo, siempre y cuando el deseo real no sea que no quieres que vengan. Siendo sinceros, en ningún momento dice que está en contra de la entrada de inmigrantes, aunque haya muchos que hagan esa interpretación. Lo que sí está claro es que este tema es tan complejo que da para un post aparte y prefiero centrarme en otro de sus pilares de razonamiento.

Dice, la autora de moda, que envidia la vida de sus padres y así, de primeras, pensando en los míos y en las propiedades e hijos que acumulaban a la edad en la que yo aún no había puesto mi primer huevo, pensé que había algo de cierto: nos falla la estabilidad laboral y el coste de la vida está muy por encima de los sueldos tras las crisis consecutivas que seguimos viviendo, además de un paro atroz y la falta de oportunidades profesionales que obligan a muchos a irse fuera y a otros a vivir de sus padres. Luego, volví a pensar con más ganas y ví que mi padre, que tenía 22 años cuando nací yo -la primera de cuatro- estuvo trabajando como un verraco durante una década para proporcionarse una vida digna y un mínimo colchón, en ese período solo se permitía libre la tarde de los lunes, que ocupábamos en visitar a mi abuela. Ese era su ocio. Mi madre, a la que sacaron del cole siendo una niña para ayudar en su casa no ha tenido nunca independencia económica. De ahí su insistencia en que estudiara para tenerla. A los 31 ya tenía 4 hijos de los que ocuparse full-time. Para esa edad, es cierto, tenían hipoteca y coche. No sé si es algo tan deseable, la verdad.

Entiendo que hay mucho que criticarle al presente, que la precariedad es sistémica, que nos resta seguridad, y nos impide hacer planes a largo plazo. Negar esto, que es la realidad en la que está inmersa una gran parte de la población española entre los 25 y los 40 años es absurdo y contraproducente, tanto como negar los progresos que disfrutamos con respecto a la generación previa, los que tenían esa edad en los 80-90. Creo que uno de los fallos es mirar con nostalgia una realidad que no es la que vivimos, si no la que vivieron ellos (nuestros progenitores). Me explico: ¿eran nuestros padres más felices de lo que somos nosotros ahora? Desde mi punto de vista, es absurdo generalizar. Los habría que sí, satisfechos con su rol social, y otros no tanto. Como ahora. Conozco gente encantada en su incertidumbre vital, que ha desechado voluntariamente la decisión de ser madre, que viven su orientación sexual con un nivel de libertad y aceptación social impensable en otra época.

El inconformismo es inherente al ser humano, esto de que siempre quieres lo que no tienes y, lo que es peor, que no valoras lo que tienes. Independencia económica, libertad para viajar y descubrir mundo, igualdad de derechos, educación y cultura, seguridad y estabilidad, propiedades, hijos. Para mí el quid está en que la precariedad laboral no permite que cada uno pueda elegir el modelo de vida que quiera: estabilidad, seguridad, familia y propiedades o libertad, viajes, ocio y movilidad. Lo ridículo son las falsas dicotomías como contraponer dos modelos vitales (o los que sean) como me da la sensación de que ocurre con el lanzamiento de acusaciones entre los que abogan por un modelo u otro. También es falaz la disyuntiva entre pasado o presente, mirando hacia atrás con añoranza  edulcorada o con pavor a perder lo conseguido. Y el futuro será otra cosa distinta. Un futuro en el que lo deseable sería que a nadie le escandalice por reaccionario que una mujer quiera criar a sus hijos y tener una casa, ni por superficial que otra prefiera vivir viajando o disfrutando de su libertad sin hipotecas. Para eso, para que cada uno pueda hacer lo que le venga en gana hacen falta unos mimbres, que ni estaban antes ni están ahora. En nuestra mano está conseguirlos en el futuro, aprendiendo de los errores y sin tirar de nostalgia de lo no vivido.


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