Matrimonium interruptus

Matrimonio antes de la interrupión. (Getty)

Estamos en un tiempo de invención de la realidad, donde el ingenio se utiliza en los bulos políticos o en la creación de lenguajes nuevos. Estamos ya dentro del metaverso, pero no nos damos cuenta. Utilizamos, o nos hacen utilizar, una especie de neolengua regida por principios similares a la de Orwell en 1984, eliminando palabras o significados no deseados de una palabra. Se trata de que determinados conceptos, a costa de no utilizarlos, desaparezcan de la mente de los hablantes. El Ministerio de la Verdad pretendía, por ejemplo, que el concepto de libertad política o intelectual dejara de existir, con lo que ya no sería una aspiración de los ciudadanos. Ahora que me doy cuenta, algo parecido están intentando hacer algunos políticos en España, no ocultando la palabra libertad, sino prostituyéndola. Pero voy a dejar ese asunto tan serio para otra ocasión, hoy me apetece frivolizar.

Mientras Rosalía canta “te quiero ride”, un maravilloso eufemismo de “follar” con el matiz salvaje, y quizá algo ancestral, de “montar”, unos conspicuos letrados se han inventado otra metáfora, la “interrupción de la relación matrimonial”. Mientras los no conocedores del inglés —en este país por desgracia, muchos— se preguntan por el significado de la declaración de la cantante, a casi todos se nos ha venido a la mente la similitud entre la interrupción matrimonial y una práctica anticonceptiva no por inútil menos practicada, el coitus interruptus, un latinajo que tiene numerosos vástagos, algo bastante habitual entre las palabras, aunque no suelen ser de carne y hueso.

Así que estamos ante el matrimonium interruptus, porque parece ser que hay personas de tal categoría que no pueden divorciarse como todo el mundo. Ellos, sus abogados o los rancios cortesanos pelotas han decidido lanzar una terminología nueva, a lo cantantes de flamenco/trap como Rosalía. Quizá piensen que no hemos llegado todavía a 1981, el año en que se legalizó el divorcio en España, y que, como sucedió en aquel entonces a los primeros divorciados, quienes disuelven su matrimonio son unos apestados, excomulgados por la Iglesia y a cuyos hijos se señala en los colegios. Se me ocurre que quizá esos inventores del matrimonium interruptus quieran, junto a los mismos partidos políticos que se me vinieron a la mente al principio de este artículo, devolvernos a las cavernas del nacionalcatolicismo; pero no voy a seguir por ahí porque ya he dicho que hoy quiero frivolizar.

La realidad al margen de la neolengua es que esa pareja que ha decidido interrumpirse está casi cumpliendo una tradición social del siglo XXI español. Resulta que abandonan el coitus a los 25 años de matrimonio. El Instituto Nacional de Estadística dice que de la media de 100.000 divorcios que se producen cada año, la mayoría son entre cónyuges que llevan más de 20 años casados. Resulta también que esos ilustres contrayentes tienen respectivamente 56 y 54 años, la segunda franja de edad (50 a 59) donde son más numerosos los divorcios. Además, como más de 60.000 parejas al año, se interrumpen de mutuo acuerdo y lo hacen con un hijo menor, en este caso una hija, lo mismo que otras 40.000. Tienen otros hijos mayores de edad, como una parte sustancial del resto de los divorciados. Habrá que concluir que lo raro no es que se separen, sino que no lo hayan hecho un poco antes, al borde de los 50 años para pertenecer a la franja mayoritaria, la de 40 a 49.

La tradición del divorcio es tal entre nosotros que a una de mis múltiples amigas le preguntó su hijo de siete años: “¿Mamá, cuándo os divorciáis papá y tú?”. No temía la circunstancia, sino que pensaba que todos los matrimonios tienen caducidad y quería saber con anticipación la fecha de la de sus padres. El niño había llegado a este convencimiento porque en su clase eran mayoría quienes periódicamente llevaban una mochila con ropa para ir de la casa de un progenitor a la del otro, incluso tenía amigos que celebraban dos veces el cumpleaños, algo que seguramente envidiaba.

Concluyo. Las metáforas son para la literatura, no para las relaciones humanas. La lengua es para entendernos, no para disfrazar la realidad. Defendámonos de la neolengua porque pretende manipular nuestra sociedad y devolverla a una escala de valores irreal y castrante.

Al final no he frivolizado tanto… Lo siento.


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