Nada permanece

Ayer fui a comer a casa de mis padres y aproveché la sobremesa con clásico futbolístico para dar un paseo con mi hermana por nuestro barrio de la infancia. Hacía bastantes años que no caminaba por las calles que tantas veces recorrí camino del colegio, con mis amigas en la adolescencia o para hacer los recados con mi madre. Fue una sensación extraña. Emocionalmente intensa y cargada de nostalgia. Mientras escudriñaba los rincones que me devolvía la retina trataba de traducir esa imagen en lo que yo recordaba. En algunos casos me ha costado mucho, estaba todo tan cambiado…

Donde antes había una lechería, ahora hay un locutorio. Donde estaba la bodega, con ese olor agrio tan característico, ahora emerge el (también muy particular) aroma de los esmaltes de uñas de un local de manicuras. La parroquia donde intenté en vano dar la catequesis para mi primera comunión sigue en el mismo sitio pero ha cambiado de imagen, con un toque más moderno. El ambulatorio (o centro de salud, como se llama ahora) en el que salvaron la vida a mi abuelo tras un derrame cerebral o atendieron a mi madre cuando se cortó la mano, en cambio, ha desaparecido para convertirse en un Dia. Mi colegio ya no está, ahora es una guardería Chiquitín. La panadería donde nos proveíamos de esos enormes bollos que merendábamos es una peluquería infantil. El kiosco y los buzones han sido borrados del mapa. Y el Mercado en el que hacíamos la compra y donde trabajaban la mitad de los padres de mis compañeros de clase ahora se ha transformado en un gigantesco hiper chino (bueno, bazar, que hay que ser políticamente correcta).

No todo ha desaparecido o se ha transmutado totalmente, algunos edificios siguen prácticamente iguales, salvo por los aparatos de aire acondicionado que lucen casi todas las fachadas. He pasado por los portales de algunas de mis amigas y he recordado a mi yo adolescente traspasando con naturalidad esos umbrales que ahora me son ajenos. Ahora ya ninguna vive allí, en algunos casos ni siquiera sus padres siguen habitando esas casas. De hecho, una de mis mejores amigas se ha trasladado de su casa familiar, frente a nuestro cole, donde ha estado temporalmente, para irse a vivir al edificio en el que pasé mi infancia. Carambolas del destino.

Me ha dado la impresión de que en general todo tenía un color un poco más desvaído de lo que lo recordaba, como en las fotos antiguas, como si las cosas se hubieran desgastado por el tiempo. Pero también he apreciado las aceras más llanas, la pintura de los pasos de cebra más marcada y las zonas verdes mejor conservadas que en los ochenta. La fuente de los drogadictos, como la llamábamos, siempre sembrada de jeringuillas ya no está pero el callejón donde se metían a pincharse y que nos daba tanto miedo sigue teniendo la apariencia de ser bastante inseguro, aunque ya no merodeen por allí esos yonquis que parecían zombies.

Siempre me dejan tocada estos viajes al pasado. Me ponen delante lo que fue y ya no es. Lo que fui y ya no soy. Lo jodidamente transitorios que somos.


4 respuestas a “Nada permanece

  1. Sabina en ‘Peces de ciudad’ habla del regreso al lugar donde fuimos felices (a veces o por momentos ni siquiera eso, pero fuimos) en una frase tomada, muy probablemente, del poema de Félix Grande ‘Donde fuiste feliz alguna vez’, para advertirnos de los peligros del viaje. Peligros que se resumen en uno: la nostalgia.
    Hace meses pasé por la zona donde nos criamos, en coche. El colegio, nuestro colegio, es lo que más me conmovió, sin duda. Recordaba esa calle mucho más ancha, y no lo es. Se me antojó más bien estrecha, pero en mi memoria resultaba amplísima. Recordaba la salida de clase, madres (pocos hombres) esperando a muchos niños, porque entonces éramos muchos. El bullicio. Ese día que fui no transitaba nadie por allí. La calle andaba triste. O era yo al sentirla distinta.
    Hace no mucho leí que no se añoran los lugares, sino el tiempo que pasamos en ellos, tiempo pretérito que no ha de volver. Eso es probablemente lo que me sucede y por ello procuro no arrimarme al barrio. Me gustó mucho la foto que me enviaste, Isa, y a la vez tenía ganas de llorar.
    Muchas gracias por esta entrada. Un beso.

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    1. Gracias a ti por tu precioso comentario, Aran. Pasar por tu casa me hizo retroceder en el tiempo de una manera muy especial. He estado allí tantas veces durante tantos años… El pasado te encuentra a veces sin que salgas a buscarlo. Y escuece la sensación de pérdida, la extrañeza de ser ya otra. Un besazo ❤️

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