Sobre conciliación, corresponsabilidad y epifanías (por Manu)

Comenzamos el año invitando a participar a Manuel Recio, periodista y padre, que nos trae una reflexión im-perfecta sobre la conciliación entre vida laboral y personal, sobre la corresponsabilidad en las tareas del hogar y la crianza, y sobre las posibilidades del teletrabajo como modelo sostenible.

Una tarde del otoño de 2020, una vez recuperada la nueva normalidad, fui a recoger a mi hija a la salida del cole. La pandemia había impuesto un teletrabajo forzado, por lo que yo gozaba de cierta flexibilidad horaria para ocuparme de estos menesteres que antes eran impensables.

Me acerqué a la puerta de salida. Estaba llena de padres, madres, abuelos, algunas cuidadoras y por supuesto, niños. La monitora los iba entregando a sus progenitores según los iba viendo. “Fulanita, tu mamá”, “Juanito, ahí está papi”, “Pepito, hoy viene el abuelo a buscarte, ve con él”, “Menganita, corre con mami y los hermanitos”. Yo veía a mi hija, al fondo, esperando en un banco. Cada vez quedaban menos niños y por lo tanto padres. La niña ya me había visto. La monitora la llama y se acerca a ella. Le pregunta algo al oído, mientras me mira de reojo y mi hija, con esa espontaneidad que tienen los niños, responde entusiasta: “¡Es mi papá!”. En toda la cara. La pregunta era evidente. La monitora, acto seguido, me pidió disculpas y me hizo la entrega como con el resto de niños. Pero en realidad no tenía por qué disculparse, estaba haciendo bien su trabajo. El problema lo tenía yo.

Podría haber pensado que no me reconoció porque por aquel entonces, en plena segunda ola de Covid, todos llevábamos mascarilla obligatoria y lo mismo se despistó. Yo podría haber utilizado ese truco mental para sentirme mejor. “Si yo la llevo casi todos los días al cole y estoy muy implicado en su educación”. Claro, claro. Palmadita en la espalda. Pero, vaya casualidad que al resto de padres sí los reconoció y a mí no. La cuestión, como os imaginaréis, es de más calado. Fue toda una revelación. Mi propia epifanía.

Por supuestísimo que yo colaboraba en las tareas de educación: casi todas las mañanas era yo el que la llevaba al cole (pequeño inciso: la monitora de tarde que entrega a los niños, no está lógicamente por las mañanas), también algunas tardes de viernes la recogía, alguna vez esporádica la iba a buscar a la actividad extraescolar de turno, algunas tardes la llevaba al parque. Vamos, que hacía «muchas cosas». Estaba muy comprometido con la crianza. ¿Cómo pudo pasarme esto a mí? La epifanía me hizo repensar las circunstancias.

Las carreras de la conciliación

Esto de conciliar no se trata de pequeños gestos puntuales, voluntariosos y bienintencionados, sino de todo un sistema complejo, extenuante y agotador, que requiere las 24 horas del día, y que implica un compromiso constante hacía las personitas que tienes a tu cargo. No admite fisuras, ni relajaciones, y por el contrario exige una demanda casi total, que hay que compatibilizar con otras tareas, laborales, personales y de ocio. La vida misma.

¿Cómo se consigue esto? Encaje de bolillos. En mi caso, en mi pareja recaía la parte chunga: Imperfecta, buenrollera, madre y amante, se cogió una reducción de jornada, lastrando su vida laboral, sacrificando aficiones y tiempo libre, a costa de su estrés, su tranquilidad y de su sistema nervioso central para conseguir llegar a todo. Y no siempre se conseguía, con lo cual la sensación de frustración era recurrente. Porque a los niños hay que llevarlos TODOS los días al cole, hay que recogerlos TODOS los días del cole, llevarlos TODOS los días a las actividades extraescolares, recogerlos TODOS los días de las actividades extraescolares, preparar TODAS las mañanas el bocadillo/fruta del recreo, preparar TODAS las tardes la merienda de salida del cole. Y luego las múltiples variables y complementos: si se ponen malos, hay que recogerlos antes o quedarse en casa con ellos, hay que ir a las reuniones del cole, del AMPA, las exhibiciones, las clases abiertas, las funciones de fin de trimestre, fin de semestre y fin de curso. Sin contar los imprevistos, tardes de parque, cumpleaños infantiles y eventos varios. Y esto es solo una parte del engranaje, la más social; de la doméstica ni hablamos…

No descubro nada nuevo. Hay multitud de libros, revistas, artículos, blogs (este mismo, en el que me permiten compartir mi visión, es toda una referencia), reportajes, stories, etc. que reflexionan con lucidez y profundidad sobre todo esto mucho mejor de lo que pueda hacer yo aquí. Muestran lo difícil que es compatibilizar los cuidados con el ritmo de vida actual que nos hemos (han) impuesto. Generalmente, son experiencias femeninas (otra casualidad), de mujeres que les han dicho que pueden con todo, que la maternidad es maravillosa, ven en los medios y las redes sociales a madres ejemplares, fuertes y exitosas: emprendedoras de postín, trabajadoras mega productivas, modelos a seguir. Luego descubren que las cosas no son como se las han contado. La realidad es mucho más puñetera. ¿Os suena, verdad?

Cooperación, corresponsabilidad, Covid

Debería estar claro el papel de los hombres en todo este entramado: estamos en el mismo barco, debemos remar todos juntos, nos tenemos que implicar por igual, hacer un reparto efectivo de las tareas. Cooperar. Pero nuevamente, una cosa es la teoría y otra, la práctica. Define el diccionario la palabra corresponsabilidad como “responsabilidad compartida con otra u otras personas”. Vamos que los cuidados, las tareas, la organización del hogar… es una responsabilidad compartida. Suena bonito.
Y de repente llega el Covid y nos obliga a parar ese ritmo frenético en el que estábamos inmersos. Con el confinamiento forzoso todos tuvimos que hacer malabares. En nuestro caso, repartimos tareas concretas. El hábito sí hace al monje. Pero no adelantemos acontecimientos, hay sorpresa final.

La pandemia nos ha traído muchas cosas malas que no es necesario enumerar aquí, pero también ha servido para replantear otros muchos aspectos de nuestra vida, que considero bastante positivos. Salud mental, cuidados, crianza, conciliación, teletrabajo o bienestar emocional son conceptos que han saltado a la primera línea y que nos han hecho ver que otro tipo de vida es posible. O eso creíamos.

Con mi particular epifanía en el horizonte, hice repaso de la situación. Hasta marzo de 2020, yo salía de casa habitualmente a las 9 de la mañana y llegaba a las 7 de la tarde. A veces más tarde, nunca más pronto. En un horario laboral bastante habitual en España (de 9.30 a 18.30), con suerte podía llevar a mi hija al cole y, en el mejor de los casos, llegaba a tiempo para el baño, cena y cuento antes de dormir. Si tenía que acudir a citas médicas, reuniones infantiles, salir antes a recogerla o eventualidades diversas contaba con la complicidad y empatía de mis jefas y compañeros. Nunca tuve ningún problema en ese sentido, algo que es de agradecer.

Evidentemente, el problema no era ese. Teniendo un horario que se puede considerar estándar, e incluso privilegiado, era imposible ocuparme de responsabilidades infantiles por las tardes, porque el calendario laboral y el escolar van cada uno por su lado. La tarea recaía siempre en la misma, otra vez más. No quisiera justificarme en el horario para eludir mis responsabilidades, hay otra mucha gente con horarios y circunstancias mucho peores que la mía, y se las apaña como buenamente puede. Pero está claro que era (es) un gran hándicap, un sistema insostenible, incompatible con la vida, como dicen muchas imperfectas referentes. Lo era: yo y mis circunstancias formábamos parte del problema, y ahora quería formar parte de la solución. Esto parece obvio, pero llegar a esa conclusión lleva su tiempo. No siempre es fácil y cada uno tiene sus propios procesos de deconstrucción, esa palabra tan de moda en nuestros tiempos. Tenía en mi mano cambiar la dinámica pero había que jugar con factores externos que no me lo iban a poner fácil.


El goce de los cuidados

La vida inmediatamente post pandemia nos trajo un teletrabajo total para mi pareja y uno eventual (y temporal) para mí. Vi la luz. Ojo, también tiene sus sombras, pero en lo referente a conciliación, no hay color. Combinaba días en casa y días en la oficina, con flexibilidad para gestionar mis horarios como yo quisiera. Sin dejar de abordar mis quehaceres laborales, diría que siendo más productivo incluso, empecé a ocuparme de muchas más tareas, a repartirlas de forma más consciente y eficaz y —algo importantísimo— a disfrutar de los cuidados infantiles. Y pongo la palabra disfrutar a conciencia, porque aparte de la obligación ya comentada, existe un goce en ver crecer a tus hijos, en recogerles del cole y que te cuenten lo que han aprendido, compartan sus descubrimientos, sus alegrías o sus penas. Y yo me di cuenta de que los primeros años de vida de mi hija los había desaprovechado. Y lo peor, no vuelven.

No quisiera caer en generalizaciones que casi siempre son injustas e imprecisas. Desconozco si muchos hombres son conscientes de esto. Mi sensación es que cada vez somos más. Los de otras generaciones, posiblemente ni se lo planteaban. Para mí, recoger a mi hija de la clase de piano e ir a comprar castañas —hemos creado un ritual otoñal — o cambiarla después de la piscina mientras me hace un interrogatorio incesante sobre las curiosidades que le despierta su pequeño mundo (“¿Papá, los Reyes Magos lo ven todo? ¿Nos pueden ver en el baño también?”) es un intangible difícil de cuantificar, un activo emocional que no cotiza en bolsa, sino en otros mercados mucho más prósperos: una vida más sosegada, sostenible, feliz.

Mi epifanía sobre conciliación, por tanto, tiene también mucha relación con el modelo productivo y el cambio en los horarios laborales (flexibilidad, teletrabajo, modelos híbridos) para hacerlos más compatibles con los cuidados, sean de niños, mayores, ancianos, dependientes…etc. Otro inciso: a veces algunos olvidan que los que tenemos hijos también podemos tener mayores o dependientes a nuestro cargo, con lo cual la logística se complica. No hablamos ya de aficiones o ir al gimnasio (que también). Esto no es una guerra de los que tienen hijos contra los que no, queridos amigos/as que no tenéis hijos, estamos todos juntos en esto.

Hacia un nuevo-viejo escenario

Creo que ahí está el camino por el que debemos transitar. Está muy bien ampliar los horarios de los colegios, diseñar políticas efectistas (con poco efecto real) o dar ayudas económicas, pero está mucho mejor tomar conciencia de esto. Es necesario que todo el mundo se implique: desde administraciones con políticas transversales, hasta las empresas con planes de conciliación, pasando por nosotros mismos, y promover así un sistema realista más equilibrado que compagine la vida personal y laboral. ¡Es una cuestión de estado!

Esto me recuerda a la ‘parábola del mendigo y el pescador’. Ese pescador que, por caridad, le lleva todos los días un pez a un mendigo para que se alimente hasta que el mendigo, un día le dice: “te agradezco mucho que me regales este pez, pero te agradecería más si me enseñaras a pescar”. Bienvenida sea la caridad de la flexibilidad puntual — insisto: agradecimiento máximo a los que la promueven, algo es algo—, pero sería mucho más recomendable contar con un modelo legal y laboral amplio, garantista que lo reconozca y lo fomente, basado en el compromiso y la confianza por ambas partes. ¡Que nos dejen pescar! No es tan difícil, creo.

La sociedad y los poderes públicos diría que lo han entendido; muchas empresas, también. Más allá de incluir la conciliación en los planes estratégicos de Recursos Humanos o de buena gobernanza, bastantes organizaciones —siempre que la actividad lo permita— se han adaptado a la nueva realidad post pandemia flexibilizando las jornadas laborales, transformando sus centros de trabajo, ofreciendo modelos híbridos, de teletrabajo total o poniendo el foco en el bienestar emocional de los trabajadores, que curiosamente suele redundar en mejor productividad y mayores beneficios. Tengo amigos con teletrabajo y flexibilidad total a los que sus empresas les ofrecen gratis fruta, desayuno o comida saludable una vez a la semana para animarles a ir a la oficina. Algunas empiezan a hablar, tímidamente aún, de la jornada laboral de cuatro días. Partiendo de la base de que ningún modelo es 100% perfecto —para mí el híbrido es un win-win—, parece que nos dirigimos a un nuevo escenario que va a traer transformaciones sociales y en el ámbito laboral.

No todas lo han entendido así, la mía sin ir más lejos. Supongo que los cambios profundos requieren tiempo, y también voluntad. En primavera de 2022 nos comunicaron “la necesidad de recuperar el formato en su modalidad presencial”. Todos a la oficina, con flexibilidad —ejem— caritativa. De hecho, son bastantes empresas, según parece, que estaban deseando retomar la normalidad de la presencialidad total, con todo lo que eso conlleva en materia de conciliación. Sus razones tendrán.

A lo largo de 2022, sobre todo en septiembre, volvieron el trasiego y bullicio a los centros de producción de Madrid. Aleluya. También las carreras, los atascos, el metro saturado, las paradas de 5 minutos para el cigarrito, y las largas para el café, los restaurantes cerca de oficinas, llenos de nuevo. Aleluya otra vez. En mi caso, que ni fumo, ni tomo café, me veo obligado a ir en una continua contrarreloj de montaña —lengua fuera y cuesta arriba— para mantener mi ritmo de conciliación autoimpuesto. Las reuniones presenciales no se han recuperado con tanto entusiasmo, fíjate tú, persisten los Teams, Zooms y Skypes. Cuando interesa bien que se tira de los sistemas remotos…

La alegría de muchos (comprensible, respetable) se convirtió en mi caso en nostalgia y desazón, en un sentimiento de melancolía que no logro dominar: viví una regresión, un viaje en el tiempo, como si de pronto no hubiéramos avanzado nada.

Muchos han (hemos) pasado algunas etapas de la vida viviendo por y para el trabajo, sin importar horarios ni días. Ahora busco (buscamos) un equilibrio. ¿Hará falta otra nueva epifanía?


4 respuestas a “Sobre conciliación, corresponsabilidad y epifanías (por Manu)

  1. Muchísimas gracias por tu aportación, Manu. Siempre bienvenido en im-perfectas.
    Estoy absolutamente de acuerdo en todo lo que dices, y en especial en el párrafo que dedicas a hablar fenomenal de tu pareja 😜
    Fuera de coñas, creo que cada vez hay más padres (y madres) que se dan cuenta de que la vida no puede ser solo trabajar, que la moto que nos han vendido de la realización profesional como fuente de la felicidad está gripada. Es el hallazgo de nuestra generación: de qué me sirve ser muy bueno en mi trabajo si me pierdo la infancia de mis hijos, si no puedo estar con mis padres cuando me necesitan o si no tengo tiempo para mis aficiones. Ahora solo falta, como bien dices, luchar para conseguir esas mejoras orientadas a la conciliación y a la corresponsabilidad. Estoy convencida de que con artículos como este queda en evidencia que vamos por el buen camino.

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    1. Gracias por el comentario y abrirme las puertas de Im-perfectas de nuevo. Esto de la conciliación es una carrera de fondo. Somos vuestros aliados, es un trabajo de equipo. Muy interesante lo que dices del hallazgo de nuestra generación, veo un hilo ahí del que tirar…
      Dicho esto, me voy a sacar a la niña de la ducha, ponerle el pijama y hacer la cena. 👯😎

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  2. Una visión muy certera. Ojalá haya cada vez más papás (creo que así es) convencidos de que la corresponsabilidad es el camino. Me ha gustado mucho que pongas el acento en que formar parte de la vida de tus hijos es un privilegio y una oportunidad para disfrutar juntos de las pequeñas cosas del día a día.
    El conjunto de la sociedad (y las empresas en particular) debemos entender que los cuidados han de estar en el centro de la vida (sea a peques, a mayores o personas dependientes de la edad y condición que sean). Sin ellos, no podemos salir adelante, y no puede ser que recaigan solo y siempre sobre las mismas.

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