La revolución en nuestras cabezas (por Carol)

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Fotograma de Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem.

Mi abuela Dori fue una mujer muy guapa y muy coqueta hasta el final. También era muy de contar batallitas. Mi historia favorita: la de cómo conoció a mi abuelo Jesús, un gallego bien apuesto (es la verdad, no es sólo amor de nieta, que también). Cuando fue a pedir su mano a mi bisabuelo, los mozos del pueblo del páramo leonés donde vivía le recibieron a pedradas, muy finos ellos. ¡Habrase visto, un “extranjero” llevándose a una de las solteras más cotizadas del lugar!

Ponferrada, muchos años más tarde; yo estaría en el instituto o en los primeros años de universidad, y eran los tiempos del teléfono fijo (¿alguien ha dicho algo de batallitas?). Cuando estaba en casa de mis abuelos y llamaba algún chico preguntando por mí, mi abuela siempre me preguntaba con genuino interés que quién era, que si era un amigo y que si tenía «muchos». Suspiraba y añadía: «Ay, yo a tu edad tenía muchos amigos también». En mi caso, la pura verdad es que la mayoría eran eso, colegas y no ligues, ¡que ya me habría gustado tener siquiera la mitad del éxito que ella suponía! Pero para qué decepcionarla con explicaciones…

En varias ocasiones, también la escuché decir que, de haber sido joven ahora, no habría tenido cinco hijos, pero que en sus tiempos «no había medios».

Cuando pienso en la vida de las mujeres de su generación, en su dramática falta de opciones, casi me avergüenzo por quejarme de todo lo que nos queda por avanzar y de cuán lentamente nos movemos. Ahora tenemos posibilidades de trabajar y de ser independientes, de decidir si queremos tener hijos y cuántos, de separarnos de nuestras parejas, de que estas sean de nuestro mismo sexo o de no tener en absoluto, de vivir libremente nuestra sexualidad.

Pero ¿es esto totalmente cierto? ¿Cómo es que todavía tenemos en las instituciones a cavernícolas cuestionando el derecho de las mujeres al aborto, por ejemplo? ¿Por qué siguen siendo las mamás las que se ocupan principalmente de la crianza de los hijos? ¿Cuánto hemos avanzado con respecto a hace diez años, cuando las compañeras Im-perfectas escribieron la primera línea de este blog?

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Viñeta “se te va a pasar el arroz”: Ranciofacts, de Pedro Vera.

Soy optimista. Creo que caminamos lento, pero a paso firme. El feminismo no es flor de un día y nadie, ni todos los meapilas ni todos los cromañones del mundo, van a contener esta ola. Pero queda mucha travesía nadando contra corriente, y no hablo sólo de factores externos, sino también de atavismos que siguen grabados a fuego en el subconsciente de las mujeres. Siglos de educación machista han hecho estragos en todos y todas.

Una de esas cuentas pendientes es, en mi opinión, la dependencia sentimental. La mayoría de las mujeres de mi generación somos económicamente autónomas (con excepciones, claro está). Por suerte, lo habitual ya no es estar en esa terrible situación en las que no podías abandonar a tu marido porque no tenías a dónde ir ni cómo ganarte la vida, porque te habías dedicado plenamente al cuidado de la casa y la familia. Y sin embargo, conozco muchos, demasiados casos cercanos de chicas jóvenes incapaces de poner fin a una relación agotada o desgraciada. Sin pareja se sienten perdidas, deprimidas, piensan que su vida está incompleta. Incluso yo, o las que estáis leyéndome ahora, ¿no nos hemos visto alguna vez nosotras mismas en esa tesitura?

Nuestra sociedad sigue penalizando a la gente sin pareja, pero especialmente a LAS solteras. Continuamos escuchando y aguantando comentarios del tipo “¿y cómo es que no tienes novio, con lo guapa que eres?”, o ese horrendo ranciofact del arroz pasado, que parecen sacados de una escena de La señorita de Trevélez o Calle Mayor.

Quedan muchas telarañas por limpiar en las cabezas, también en las nuestras, en las de las mujeres que nos declaramos feministas pero que seguimos sin habernos liberado del todo de ataduras y convenciones sociales. La revolución también se libra dentro de nosotras mismas. Y tenemos que continuar hasta que seamos capaces de responder bien alto: “¡Que le jodan al arroz!”. Y, sobre todo, de creérnoslo.

Carol es periodista (cuando puede) y co-bloguera feliz en Canciones de Buen Rollo. Dice que le gusta lo mismo que a todo el mundo: irse de vacaciones, comer y beber bien y dormir sin despertador. Devota del rock and roll y del cine en V.O., se transforma en Hulk cuando la gente habla o come ruidosamente en la sala. Entusiasta, aunque infiel, lectora de tebeos y tía postiza de un puñado de niños y niñas muy molones.


6 respuestas a “La revolución en nuestras cabezas (por Carol)

  1. La revolución mental es la más difícil de hacer… es complicado cambiar la estructura que nos han inculcado desde pequeñas, convencionalismos que están muy interiorizados por mucho que los rechacemos. Es muy difícil no tener la sombra del fracaso cuando decides hacer algo que no es lo que los demás (o incluso tú misma) esperaban de ti. Gustar al sexo opuesto, ser guapa, estar divina, vivir en pareja, tener hijos… hay muchos clichés que tumbar, pero lo conseguiremos 🙂

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    1. En efecto, es muy complicado. Siempre sentimos que estamos fallando en algo y que nos vamos a arrepentir de tomar un camino u otro. Y también tienes que tener aguante para enfrentarte al juicio de gente cercana (o no tan cercana), que muchas veces no se corta un pelo a la hora de dar su opinión no solicitada sobre cómo llevas tu vida. Es un trabajo arduo, ¡pero yo también creo que lo conseguiremos!

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  2. Si Carol, hay que creérselo, quitarse las telarañas y actuar de acuerdo a lo que realmente nos hace felices, que no tiene por qué estar ligado a una pareja, a hijos, a un perro o a una 38, hay que liberarse primero para avanzar en la verdaera liberación…
    ¡Bss!

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    1. Eso es. Ojalá fuéramos capaces de centrarnos en lo que nos hace felices, y no en lo que la convención social establecida dice que nos hará felices. Y también de aceptar que el hecho de no conseguir ese ideal, sea cual sea, no nos convierte en unas fracasadas.

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