Duelo en la distancia (por Isa)

 

Helping the needy

Hoy hace un mes que murió mi abuela, aunque todavía no tengo conciencia física de su ausencia. No la vi morir, no la acompañé en sus últimos momentos, no me despedí.  No le di la mano para ofrecerle coraje en su trayecto al otro mundo, aunque sé que tenía de sobra. Esa mano, siempre fuerte, que se agarraba a su andador como si la vida le fuera en ello, que cogió la mía tantas veces cuando estaba yo mal, devastada por la quimioterapia.

No puedo evitar imaginarla en sus últimos momentos, sola y confusa en el hospital, rodeada de batas blancas con mascarilla, sin una voz ni una cara conocida cerca, apagándose poco a poco. No es un buen final para una persona tan sociable y querida como ella, aunque es cierto que ninguno lo es. Además, me reconcome esa última llamada que le hice el día que la ingresaron y que no llegó a cogerme, no haber insistido…Todavía me despierto de madrugada pensando que está viva y me doy cuenta de que no. Y ya no me puedo volver a dormir.

Es angustioso este limbo que distorsiona el dolor, porque no puedes manifestarlo como procede, abrazando a quienes la queríamos. Aún no he podido llorar con mis padres y hermanos, no he podido buscar consuelo y consolar a mi familia, por eso la sensación de pérdida está amortiguada, como si nos quedase por bajar un último escalón en la escalera de la muerte para asumirla del todo.

Desde la primera vez que tuve que ir al tanatorio, siempre lo he vivido como una experiencia de sobreactuación dolorosa. Me chirriaban los momentos de celebración a carcajadas de los chistes macabros y anécdotas divertidas con el difunto de cuerpo presente. Me parecía agotador ese trasiego incesante de gente para presentar sus condolencias a los más allegados del muerto, especialmente para ellos. Me parecía impúdico tener que mostrarme con toda la vulnerabilidad de la que soy capaz ante tantas personas. Pues sí, ahora lo echo de menos. Como suele pasar, nunca supe lo necesario que era hasta que me faltó. Y me ha faltado un espacio y un momento en el que compartir lágrimas y mocos con todos los que estaban en la misma necesidad que yo, y no sola, encerrada en mi habitación con temor a ser descubierta por mi hija pequeña. Como si estuviera haciendo algo inmoral.

En fin, supongo que ya habréis leído a mucha gente describir la amarga sensación de perder a alguien en tiempos del coronavirus. Somos muchos los que estamos de duelo confinado desde que el COVID-19 apareció en escena. Igual estáis cansados de leer penurias y desahogos, pero, lo siento, hoy no me salía otra cosa. 


4 respuestas a “Duelo en la distancia (por Isa)

  1. Me pasa lo mismo que a ti con los velatorios, me parece un momento espantoso para la familia y siempre pienso que no tendría que ser así. Y sin embargo, ahora que tantas personas os estáis viendo privadas de esa despedida colectiva, comprendo que eches de menos esa oportunidad de ofrecerle un último tributo. Sé que no es un gran consuelo, pero tu abuela está en vuestros pensamientos y llegará el día en que podáis despediros de ella y llorar y recordarla todos juntos.

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  2. Qué doloroso pensar en la gente que ha muerto
    sola, como ella. Lo pienso mucho y lo siento dentro.
    No me hace bien esta situación, pensar tanto, temer… No he perdido a nadie, y espero que no suceda. Sí he perdido seguridad.
    Me da por repetirme los versos de Ángel González: “otro tiempo vendrá, distinto a este”. Tengo esperanza. Un tiempo mejor, aunque sé bien que hay muchas personas ‘marcadas’ por el dolor y el miedo.

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