Un día perfecto (por Carol)

edwin-hooper-Q8m8cLkryeo-unsplashLa nuevavieja (a)normalidad apesta. Todo es raro; nosotros, también.

Lo más triste de la pandemia es lo que hemos perdido por el camino: vidas humanas, por supuesto, pero también la oportunidad de reimaginarnos como sociedad.

Todos esos proyectos de cambio, de avanzar hacia otra forma de vivir más consciente, centrada en los cuidados y las personas y no en el beneficio económico… parecen haberse ido por el desagüe por el que se desvanecen las buenas intenciones. Mucha gente, y casi todas las empresas, actúan como si esto de la COVID-19 no hubiera sido una descomunal desgracia, sino una fastidiosa interrupción del curso natural de la economía, y como si pudiéramos olvidarlo todo, borrarlo todo, y volver exactamente al mismo momento en que nos confinamos y la bolsa dejó de fluctuar.

Para mí, salir de mi crisálida y volver al mundo exterior ha sido bastante traumático. Tras más de un año trabajando desde casa y solo ocasionalmente, contra todo pronóstico he conseguido un empleo durante la pandemia que requería mi presencia en el centro de trabajo. Tras un trayecto de hora y pico en metro y bus, os puedo asegurar que el síndrome de la cabaña se te quita por narices. Fue algo parecido a ese método del shock que defienden quienes creen que, para quitarte el pánico a nadar, lo mejor es que te empujen al agua.

Aparte, la integración en una estructura empresarial, que no es fácil y menos cuando llevas tiempo trabajando por tu cuenta, y… bueno, no es mi intención extenderme hablando del trabajo, solo transmitiros la extrañeza permanente que siento.

Afortunadamente, han venido al rescate las posibilidades recuperadas de lo que nos estaba vedado hasta hace unas semanas. El reencuentro con mi gente, volver a mis bares de siempre (aún no todos, pero confío en que reabran progresivamente), ir al cine de nuevo.

Desde hace varios años, el miércoles es el día del cine. Empezó por una razón monetaria, claro: las entradas son mucho más baratas que cualquier otro día. Pero se ha convertido en un placentero oasis en mitad de la semana laboral. Una peli y cineforum posterior en la taberna de al lado (sí, me gustan los bares, no puedo negarlo) son mi salvavidas de la rutina diaria.

Me recluí un jueves de marzo, dos días antes de que se declarase oficialmente el estado de alarma. La noche anterior vimos en los Golem una película que no nos gustó, en una sala casi desierta, porque ya empezaba a sospecharse que esto no era el simple “catarrinho” del que hablaba el impresentable de Bolsonaro. A la salida tomamos unas cañas en la barra de Mijail. Esa fue nuestra última actividad social fuera de casa y sin Zoom de por medio en varios meses.

La semana pasada cerré ese círculo incompleto, por fin. Pude regresar al refugio de la sala oscura y −casi siempre− silenciosa y recuperar el gozo de pasar hora y media inmersa en otro mundo, en otras vidas. Después, un paseo, un vino blanco muy frío en buena compañía y vuelta a casa. Lou Reed me partiría la cara por este pésimo plagio de ‘Perfect Day’, pero realmente fue un instante de perfección en mitad del incontrolable caos cósmico. ¡Que dure!

Carol esperiodista (cuando puede) y co-bloguera feliz en Canciones de Buen Rollo. Dice que le gusta lo mismo que a todo el mundo: irse de vacaciones, comer y beber bien y dormir sin despertador. Devota del rock and roll y del cine en V.O., se transforma en Hulk cuando la gente habla o come ruidosamente en la sala. Entusiasta, aunque infiel, lectora de tebeos y tía postiza de un puñado de niños y niñas muy molones.


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